23 jul

Aprendizaje Accidental

Nos ha encantado este artículo. Aprender... por accidente; un aprendizaje invisible que sin embargo es más potente y duradero que el intencionado. ¿No debería de ser esto una pista para avanzar en otras maneras de aprender?
Publicado en Ined21.com. 15 julio 2015. Gisel Martínez Ortiz.

UPS, LO SIENTO… LO APRENDÍ POR ACCIDENTE

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El aprendizaje accidental se da en las actividades del día a día cuando aprendemos algo que no esperábamos o no teníamos intención de aprender.

En 1967 Arthur Reber se refirió a este fenómeno en términos de “aprendizaje implícito”, como un conocimiento intuitivo de la estructura subyacente de los estímulos del ambiente a los que estamos expuestos. Este conocimiento es difícilmente exportable o sistematizable y además complicado de verbalizar.

El fenómeno ha recibido multitud de nombres además de implícito o accidental: aprendizaje incidental, serendípico, tácito, casual, periférico, colateral… Hay quien añade matices y quien usa las distintas nomenclaturas como sinónimos. A mí me gusta lo tremendo que suena “accidental”, por lo tanto, es el término que utilizo más.  También me encanta el concepto “aprendizaje invisible”, aunque lo entiendo como algo más amplio.

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En la otra cara de la moneda encontraríamos el aprendizaje intencionado, que es el que se da tras el proceso mediante el cual un individuo tiene como objetivo aprender algo y dirige sus esfuerzos a la consecución de dicha meta. Este conocimiento explícito es activo, estratégico, formal, sistematizado, exportable… lo contrario a lo comentado anteriormente.

PARADOJA DEL APRENDIZAJE ACCIDENTAL: SE APRENDE MÁS Y MEJOR

Como el aprendizaje intencional sigue una estrategia, está codificado y es más formal podríamos pensar que sus resultados sobre el aprendizaje incidental son mejores. Sin embargo, la práctica repetida e intencional de una actividad proporciona resultados mediocres si no ha sido convenientemente motivada y dirigida hacia la comprensión. Contrariamente, prácticas menos repetidas y además casuales, pero más motivadoras y comprensibles, ofrecen aprendizajes altamente significativos.

No es ningún secreto el escaso rendimiento que se obtiene de las exhaustivas explicaciones de las clases magistrales, actividad realizada con toda la intencionalidad pero que no siempre desemboca en aprendizaje. Sin embargo, no es nada extraño ver como se aprende eficazmente mediante las actividades espontáneas del juego.

Es común observar como el listado de vocabulario a aprender para el examen de inglés permanece en la memoria a corto plazo lo justo para a duras penas aprobar el examen, mientras que aquellas palabras que interiorizamos con las canciones de nuestros grupos favoritos o los diálogos de los personajes de nuestras series se alojan en nuestra memoria a largo plazo. Generalmente la actividad incidental ofrece mejores resultados.

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INCLUIR INTENCIONADAMENTE LO ACCIDENTAL

Vivimos en un contexto en el que NO se valoran los conocimientos de una persona si no están certificados por una institución académica oficial.

Afortunadamente, cada vez se habla más (aunque no lo suficiente) de la inclusión de la educación informal en la formal. Pero como apunta Marcia L. Conner, dentro del aprendizaje informal está el intencionado y el accidental. ¿Cómo incluir, a propósito, aquello que ocurre de manera casual?

Si partimos de la base de que la mayor parte de aprendizajes accidentales se dan en el contexto del aprendizaje informal, podemos deducir que haciendo el esfuerzo consciente de integrar lo informal en lo formal estaremos dando la oportunidad de manifestarse a todos esos conocimientos accidentales susceptibles de general verdaderos aprendizajes significativos.

Creo que es necesario cambiar este contexto en el que estamos, diversificar la manera en que se adquiere el conocimiento en nuestra sociedad. Es un buen momento para poner nuestras miras en la educación informal y aceptar y valorar el aprendizaje accidental que de ella se obtiene.

13 jul

El valor del aburrimiento en el juego infantil

Reflexión más que interesante, más para esta etapa de verano. Cambiar la perspectiva, darle un valor positivo y favorecer el autoconocimiento y la gestión de emociones. Todo un reto, para pequeños y mayores.

Publicado en www.rejuega.com – 9 julio 2015

el aburrimiento en los ninosUna reflexión sobre el aburrimiento en la infancia y su importancia en el juego infantil para el crecimiento y desarrollo de los niños. Una opción de ver el aburrimiento como un valor al alza.

Después de una época donde los niños han estado durante muchas horas con actividades dirigidas, propuestas seleccionadas, juegos acompañados, actividades extraescolares, horarios marcados, fines de semana planificados… llega un momento en el que aparece el tiempo libre y descubren que ese tiempo es suyo y deberían gestionarlo.

En muchos casos es como si de repente se asomaran a un abismo, donde no saben cómo seguir si no tienen a nadie que se lo diga, porque así llevan haciéndolo todo los días del año… Y comienzan a notar esa sensación llamada aburrimiento que quieren que le solucionemos o buscan solucionar de una forma poco productiva, molestando a su hermano pequeño que disfruta como una perdiz de su propio juego.

Desde hace unos año también vivimos esta sensación en casa y he de reconocer que al principio daba respuesta con ideas para que hicieran o hiciéramos, luego opté por no dar más ideas e incentivar en la generación propia de ideas sin mucho éxito, mientras yo me enfadaba conmigo misma porque no entendía cómo uno podía aburrirse con la cantidad de juguetes que tenían a su alrededor y de cosas que se podían hacer…. Hasta que entendí queel aburrimiento era lo mejor que les podía pasar a mis hijos si yo no ofrecía opciones de actividades y, mucho menos, daba permiso para el uso de tecnologías.

Era la mejor opción porque una vez pasada la cresta de la ola del “estoy aburrido”, “no sé qué hacer”…, llegaba la fase interna de: “he de buscar algo para hacer porque no me ofrecen alternativas”, y luego la etapa de silencio donde poco a poco comenzaba a deslumbrar la idea….. Entonces comprobé que el aburrimiento se convertía en la antesala de la imaginación pero de una imaginación auténtica extraída del interior y capaz de llevar al niño a un punto creativo tremendamente rico. 

el aburrimiento en los ninosViendo el panorama que nos rodea me doy cuenta que tenemos a los niños acostumbrados a estar rodeados de miles de cosas al día (sean actividades, tecnología o juguetes estructurados); quizás porque tenemos tanto miedo a que no aprovechen el tiempo aprendiendo, que creemos, con toda nuestra buena fe, que estimularlos las 24 horas del día es lo mejor.

Y quizás no nos hemos parado a pensar que si desde pequeños les dejamos tiempo para ellos: tiempo para jugar libremente y para que realicen la actividad que su interior les marca, ya sea un juego espontáneo, una lectura, un dibujo o lo que les apetezca; el niño aprende mucho más sobre esa experiencia y sobre sí mismo que con cualquier otra actividad dirigida. Y ojo, que las actividades dirigidas son muy enriquecedora pero con moderación y pasión controlada.

Por eso creo que deberíamos de replantearnos esto y comenzar a darles más tiempo libre para jugar y cuando aparezca el aburrimiento, que aparecerá, interpretarlo como un estado más del juego y del aprendizaje que el niño ha de aprender a detectar y gestionar. Y que si no intervenimos en la solución son ellos, poco a poco, los que encontrarán la salida.

Pero para ello hemos de reflexionar y modificar ciertas actitudes, y en este caso del que hablamos, hemos de cambiar nuestra visión negativa del aburrimiento para considerarlo un valor al alza, un valor muy importante que repercutirá en su juego, en la manera de jugar y experimentar, en su curiosidad y asombro, pero sobre todo en el propio auto-conocimiento del niño.

No veremos un cambio inmediato en ellos, pero si les favorecemos ambos tiempos: para jugar y para aburrirse, aprenderán a valorar que ese tiempo es realmente suyo y que con él pueden y son capaces de hacer lo que quieran. Aprenderán a detectar las etapas del juego con sus momentos álgidos y su decaída, y será en ese momento de disminución de atención o de necesidad interior cuando podrán encauzarlo hacia otro terreno, hacia otro tipo de juego que les llene más.

Será el momento en que el asomo del aburrimiento llamará a la imaginación para que le guíe…

Este proceso, por parte del niño, necesita de un aprendizaje de la gestión del aburrimiento.Y por parte del adulto, necesita del permiso paterno para aburrirse, de una mirada positiva, de abstenernos de dar opciones y aguantar dignamente la “bajada de la ola” de una manera tranquila. De esta forma nuestros hijos irán adquiriendo el hábito de buscar sus propias iniciativas, de solventar esa sensación de abismo y canalizar esa energía “desconocida” en un torrente de posibilidades para su juego y su aprendizaje.

Así que te invito a que investigues las fases del aburrimiento que te encuentras en casa, que hagas el ejercicio de mantenerte al margen y que observes el transcurso del tiempo restante. Estoy segura que desde el primer día te sorprenderás y valorarás aún más el “me aburro”, porque lo considerarás una oportunidad de descubrir en tus hijos sus propias posibilidades, sus gustos y posiblemente su pasión y su talento.

Y descubrir esto te dará a ti una información valiosísima para su acompañamiento y su desarrollo como persona. Así que, ¿Cómo ves tú el aburrimiento ahora?

09 jul

«Educamos en el miedo y la competitividad y creamos gente manipulable»

El miedo al futuro atrapa nuestro presente, la competitividad crea patrones para ser todos igual, querer las mismas cosas y aprender lo mismo. Y eso  no nos hace libres sino manipulables. La educación debería cambiar para respetar la individualidad de cada uno, su ritmo, sus pasiones. Seríamos más felices, más personas y menos marionetas.

Publicado el 01.07.2015  – www.diariodeibiza.es

Joan Antoni Melé (Barcelona, 1951) pronuncia hoy a las 20 horas la conferencia ´¿Personas o marionetas? La educación es la clave´ en el Palacio de Congresos de Santa Eulària organizada por la Asociación sin ánimo de lucro Waldorf Ibiza.

Joan Antoni Melé estará hoy en el Palacio de Congresos.

Melé critica los modelos educativos tradicionales que solo buscan preparar «técnicamente a las personas» para competir, insta a recuperar las humanidades «que llevaban a otro tipo de civilización» y aboga por modelos que ayudan a formar personas «libres, creativas y capaces de relacionarse bien con los demás».

NIEVES GARCÍA GÁLVEZ | IBIZA Tras 30 años trabajando en banca tradicional, Joan Antoni Melé ha pasado los últimos siete desarrollando la banca ética en España. En estos momentos lleva a cabo esa labor en Latinoamérica e imparte cursos no solo sobre «una nueva economía basada en el ser humano y la banca ética», sino también de «humanidades y educación». A través de su empresa Taller de Conciencia realiza actividades de autoconocimiento y transformación personal orientados a personas que «quieran hacer un cambio personal para luego llevarlo a su trabajo y conseguir otro tipo de empresas más responsables». En el año 2009 publicó el libro ´Dinero y conciencia. ¿A quién sirve mi dinero?´.

-´¿Personas o marionetas? La educación es la clave’ es el título de su conferencia. ¿Cree que los modelos de enseñanza tradicionales forman títeres?
-Sinceramente sí. Estamos educando a las personas de forma clónica, todos igual, como autómatas.

Hay una obsesión por el informe PISA, que dice si vamos mal en matemáticas, ciencias y en gramática, que elabora una organización empresarial europea y que basa el éxito solo en tener gente técnicamente preparada para que al acabar los estudios encuentre un trabajo y sea rentable a las empresas. Pero aquí no hablamos de seres humanos, de formación humanista.

-¿Y quién ha dicho que son más importantes las matemáticas que tocar el piano, pintar un cuadro o escribir poesía?
-Se llamaban humanidades porque venían del humanismo, nos hacían humanos, nos llevaban a otro tipo de civilización.

-¿Y cómo eso nos lleva a ser marionetas, como dice?
-Preparamos a la gente técnicamente con el miedo de que si no, no encontrarán trabajo, educamos basándonos en el miedo y la competitividad, y estamos creando gente que se puede manipular. Yo entiendo que la educación debe preparar a la gente para que sea libre; no de hacer lo que le dé la gana, sino para que no le condicionen ni los miedos, ni las codicias ni el subconsciente, para poder decidir de otra manera. Y para eso se requiere una formación humanista que no se está dando; se educa solo en la parte intelectual, de conocimientos. Hay que saber repetir los conocimientos y ya has triunfado, y entonces tienes gente autómata, por eso lo de títeres o marionetas.

-¿Y en qué debe basarse la educación que forme personas?
-Se tiene que buscar una educación que contemple la armonía entre enseñar a pensar, enseñar educación emocional, a sabernos relacionar de otra manera unos con otros, y eso se hace sobre todo a través de la educación afectiva y de la educación de la voluntad, pero justo esto empieza al revés.

-¿Qué quiere decir?
-Cuando un niño es pequeño hay que educarle en la voluntad, no en una educación intelectual prematura. Hay que educar la voluntad, los hábitos, y luego dar importancia a la educación emocional.

También hay que enseñarles a leer y a escribir, pero no prematuramente, como se hace en España, y que forma parte de esa competitividad, el que cuanto antes aprendan mejor. En Finlandia, por ejemplo, que es un país de referencia, empiezan a leer y escribir a partir de los 7 años.

-¿Y no es mejor que lo aprendan cuanto antes?
-¿Pero mejor para quién? Cuanto más listos y preparados, podrán competir mejor, pero al resto también los preparan más, y entonces todo el mundo está compitiendo y eso es insostenible. Cada vez hay gente más preparada y competitiva y la sociedad tiene más problemas medioambientales, económicos… Esta gente no está solventando los problemas del mundo; yo diría que los están creando. Entonces hay que pararse a pensar un poco qué queremos para nuestros hijos y qué futuro queremos en el mundo. Y en base a eso, educar es preparar para que los jóvenes puedan aportar todas sus capacidades, no para que se adapten a un modelo que no funciona.

-¿E interesa formar personas? Porque quizás es más fácil de llevar una sociedad de marionetas.
-Claro, pero es que uno tiene que decidir qué quiere para sus hijos. Lo que pasa es que los padres son fácilmente asustables; si tu hijo no está preparado, no encontrará un trabajo, con lo difícil que está todo. La clave es el miedo, la amenaza. Y ya de pequeños están pendientes de las notas, los estudios, los exámenes, la carrera, el máster… Pero mucha gente sigue sin trabajo y los que lo tienen están amargados de la vida. Es una realidad. Gente que viva una vida coherente y con sentido, encuentro poca. Y para mí la clave es la educación, educar íntegramente al ser humano para que de adulto sea libre, creativo y capaz de relacionarse bien con los demás; un ser humano integral.

-¿Y cómo conseguir que los padres cambien la mentalidad quizás tan inculcada que tienen?
-Por eso hay que intentar difundir que hay otros métodos de educación, que se pueden hacer las cosas de otra manera, y luchar contra el miedo. Hay otros modelos que funcionan, pero por desgracia estamos en un país en el que la educación no es libre; el Estado sigue decidiendo cuál es el modelo educativo, a qué escuelas subvenciona… Y eso que me parece inaudito.

-¿Por qué?
-El Estado lo que tiene que hacer es garantizar una buena educación. Los padres deciden qué tipo de educación quieren; ya que pago mis impuestos, a ver si no puedo decidir la escuela que quiero para mis hijos. Y hay modelos, ya digo, que están funcionando [en otros lugares del mundo], y este tipo de escuelas que eran privadas, las han aceptado como públicas debido al éxito que están teniendo.

-¿Cuáles son estos modelos de los que habla?
-El que mejor conozco y que yo promuevo es la pedagogía Waldorf, que ha triunfado en todo el mundo. También oigo hablar muy bien de la línea Montessori. Son dos líneas pedagógicas que tienen una visión más integral del ser humano. La que yo conozco se adapta muy bien a la cultura de cada lugar, respeta el ritmo de cada niño, que es diferente porque cada niño es diferente, y por tanto no puedes marcar pautas uniformes, porque aquí ya has generado el problema.

-¿Y cómo se trabaja?
-A través del arte, de una serie de cosas, enseñan al niño a ser él mismo. Educar es acompañar al niño para que llegue a ser él mismo, para que pueda desarrollar sus capacidades, no las que alguien ha dicho que son las estándar o las que hay que tener. Y el niño será fantástico en música o pintura y en otra cosa será más malo, pero no pasa nada, es su vida, su destino. Él tiene que ser plenamente feliz y ser capaz de desarrollar todo esto y estar en el mundo con sus capacidades.

-El alumno tiene que ser el centro del sistema.
-Por supuesto. Es que el alumno tiene que ser el centro del sistema educativo y el ser humano, el centro de la economía. Esto no lo debemos perder de vista. En la economía solo se habla de beneficios y crecimiento, pero las personas, los seres humanos, ¿dónde estamos? Y en la educación es igual. No sé por qué hablamos del informe PISA, que lo metan en un cajón, ya no digo que lo quemen porque me llamarían terrorista. Pero están hablando solo de preparar a la gente técnicamente para la producción, el consumo y ganar dinero. Y siempre que hablemos de competir habrá quien en esta lucha perderá. Yo creo que deberíamos ser un poco más humildes, parar y decir: «¿Realmente estamos haciendo las cosas bien?». Y más viendo cómo están las cosas, el fracaso escolar, la agresividad infantil, el acoso escolar, el tema de la drogadicción…

-¿Porque esto es fruto de la educación que estamos dando?
-Por supuesto. Políticos o banqueros corruptos hace cuatro días eran críos pequeños encantadores que jugaban en el colegio o en su casa. ¿Cómo los hemos educado para que salgan así? Porque no han sido cuatro que han salido mal, ha sido lo general del país. Hay que reflexionar a fondo, no dar respuestas mecánicas. Lo estamos haciendo mal, vamos a ver otros modelos que están funcionando e intentar aprender un poco. Pero esto no le corresponde al Gobierno, la educación debería dejarse en manos de los profesionales, los maestros y profesores, y de los padres que son los afectados.

-¿En qué situación se encuentran los profesores?
-No tienen libertad, cada vez se les imponen más corsés: tienen que pasar el día haciendo informes, esto lo pueden hacer, esto no. Pues enseña tú, que probablemente el político que lo dice en su vida ha dado clase en un colegio.

-¿Qué papel que debe jugar la creatividad en la enseñanza?
-Es fundamental. Esto entra en la primera etapa de la vida. En los primeros años, cuando educamos la voluntad, la actividad, en el fondo educamos la bondad, pues el niño pequeño aprende que los demás se necesitan y que ser bueno es ser activo, hacer cosas por los demás. En muchos colegios [de estas pedagogías alternativas] los niños de 5 y 6 años ayudan a los de 2, 3 y 4 a cosas que ellos no pueden; entonces el mayor se siente feliz porque está ayudando y el pequeño ya espera a ser adulto para ayudar. Les enseñan a hacer pan y pasteles, a cuidar un huerto, a fregar el suelo…

Es decir, imitando a los adultos el niño se da cuenta de que él puede actuar en el mundo y que todo lo que hace es útil a los demás. Esta es la educación clave en los primeros años de vida.

-¿Y después?
-Luego ya vendrá aprender a leer, cuando llega la edad y además entienden lo que leen. Pero la creatividad empieza de pequeño, cuando un niño no tiene miedo se le enseña a hacer cosas. Ser activo en el mundo es la manera de perder el miedo y fomentar la creatividad.

-¿Cómo influyen las nuevas tecnologías en la creatividad de los niños?
-A los niños se les están dando demasiadas imágenes acabadas, demasiada televisión, vídeos, juegos, maquinitas… y eso mata la creatividad. A un niño hay que explicarle cuentos, no verlos por televisión, porque interiormente él crea imágenes y de adulto esto será una capacidad imaginativa de crear nuevas cosas. Hay niños que a los dos y tres años les dan tabletas y eso es una barbaridad. Aquí vamos a dar un ordenador a cada niño, pero ¿qué vas a hacer con esto?

Incluso se ha llegado a la brutalidad de decir que no hace falta que aprendan a escribir; esto es una monstruosidad pedagógica porque con el dominio de la escritura el niño desarrolla el carácter. Pero todo es que el niño tenga que hacer el mínimo esfuerzo.

-¿Y qué conlleva todo esto?
-Al final tendremos máquinas que enseñan a máquinas, y el ser humano quedará reducido a un títere, a una marioneta. Perdemos el poder humano que tenemos. Pero esto ya estaba, recuerdo el libro ´Un mundo feliz´ de Aldous Huxley que pronosticaba un futuro así, y yo no lo quiero. Y voy a intentar luchar, como muchísima gente, para que el ser humano pueda ser libre, capaz de amar y de hacer cosas por los demás, creativo y vivir otro tipo de vida. Es posible, hay gente que lo está haciendo, por lo tanto no es ninguna utopía, lo que pasa es que depende de hasta dónde se quiere comprometer cada uno.

18 jun

Deberes de verano, ¿Sí o no?

Llega el verano y los deberes vuelven a estar en el pensamiento de padres e hijos. Rescatamos esta reflexión, de hace ya algún tiempo pero totalmente en vigor. Negamos la mayor.

 

Publicado en http://educarconsentido.com en junio de 2013. Nacho Calderón Castro.

Llega el verano y pronto tendremos que ir a recoger las notas de nuestros hijos y con ellas a menudo nos llega una lista de “recomendaciones”  para el verano. Si el niño ha suspendido,  las recomendaciones se convierten más bien en “requisitos”, si ha aprobado nos quedamos con el  “un poquito de trabajo no le vendrá mal”.

Y nosotros nos planteamos ¿deberes en verano?. Los argumentos a favor son claros: las vacaciones son muy largas y el niño pierde hábitos y aveces hasta conocimientos. Algunos profesores dicen que, incluso los buenos estudiantes, parece que han “reseteado” su cerebro al comienzo de curso. Por ello, “no es bueno desconectar completamente”. Pero incluso aquellos que están a favor de los deberes veraniegos insisten en que NO debe ser igual que el curso, no se debe cubrir nuevo material, sino repasar, un poquito de matemáticas – algunas cuentas – y, por supuesto leer todos los días un poquito.

Como es habitual en mí, voy a comenzar negando la mayor: el verano es para desconectar. Del todo. Al 100%. Lo necesitamos los adultos y lo necesitan los niños.

Si no están de acuerdo, entonces asegúrese de que este verano se lleva de vacaciones algo para “no desconectar”. Si es usted profesor, corrija todos los días algunos exámenes. Quince o veinte solo, pero todos los días. Media horita diaria corrigiendo exámenes. Así cuando llegue a septiembre, no habrá perdido el hábito.

Si es usted abogado, prepárese un pleito por semana, cada día un poquito solo, pero un caso a la semana.

¡Vamos hombre! ¡A mi no me van a pillar haciendo informes!. En verano hago todo lo posible por perder el hábito de trabajo.

Y no me vengan con que esta es la “nueva pedagogía, que pretende que los niños aprendan sin esfuerzo”. De eso nada. Lo que ocurre es que después de más de 40 años viendo cada verano a los harrijasoketas (levantadores de piedras) en algunas de las fiestas del Valle del Baztán (Reino de Navarra), sigo sin comprender los esfuerzos inútiles.

Cualquiera que me conozca sabe que si hay algo que no temo ni rechazo es el esfuerzo, pero tonterías las justas. Si quieren justificarme los deberes en verano – si quieren demostrar que es un esfuerzo que merece la pena – debería haber un/os estudio/s que demostrara/n dos cosas:

a) A medio plazo: que los alumnos que realizan deberes en verano logran mejores calificaciones AL FINAL del siguiente curso. Es decir, si nos referimos a este verano, los alumnos que hagan deberes este verano deberían tener mejores notas en junio de 2014, frente a aquellos que no hagan deberes este verano.

b) A largo plazo: que los alumnos que realizan deberes de manera sistemática a lo largo de los veranos logran mejores notas AL FINAL de su escolarización.

Fijarse en los resultados inmediatos de una técnica –  (cómo llegan los alumnos en septiembre al colegio) – es una visión absurda en la enseñanza. Un gran error en la enseñanza es tomar medidas que sólo tienen efecto a corto plazo (exámenes) y que carecen de eficacia a medio plazo. Así que: ¿esfuerzos? Todos los que sean necesarios, pero que tengan un resultado palpable, estable y, al menos, a medio plazo (al menos un año).

Por otro lado. Después de más de 20 años de profesional, una vez, sólo una vez, he visto que una profesora revisó, corrigió y devolvió los deberes al alumno. Sólo una vez. El resto de las ocasiones el niño entrega los deberes (a menudo no sabe a quién debe hacerlo, si a su profesor del curso anterior o al nuevo), y si los he visto no me acuerdo. Eso genera una sensación de frustración  más que justificada en el alumno. (Sí, ya lo sé, los ha hecho por su bien, no para que premien – igualito que los adultos, que entregamos la declaración de la renta por nuestro bien y el de todos nuestros compañeros, no para evitar una multa).

El verano es para desconectar del colegio. Deben aprovechar a leer mucho. “¡Ah!” – dicen algunos “pero es que eso es lo que le han mandado en el colegio!”.

Ustedes sigan ligando lectura con colegio y van a ver el fracaso en el desarrollo del gusto por la lectura. En el colegio se aprende a leer, pero leer no es una asignatura NI debe estar ligado a los deberes. Leer es uno de los mayores placeres de la vida y para algunos llega a ser una necesidad.

Si insistimos a los niños que deben leer por que se lo han mandado en el colegio, los niños van a evitar hacerlo. Porqué no contarles (y que nos vean) que nos hemos reído  muchísimo con la historia de “el vicario que hablaba al revés” (Roald Dahl), o con cualquiera de los cientos de libros apasionantes que hay.

Ya que les gustan tanto los documentales de animales o de “cómo se hizo” porqué no comprarles libros sobre eso mismo.

Leer, leer, leer. Y mucha bicicleta. Y mucha piscina. Y mucha playa. Y mucha montaña. Y mucho paseo. Y mucho monopoli, parchís, cluedo, y los juegos que ustedes quieran. Pero mucho. Y mucho tenis, paddel, fútbol, baloncesto y cualquier deporte. Nada de eso son deberes. Leer tampoco. Leer es un placer y para algunos una necesidad. Nada que ver con el colegio.

Y algo más, de lo que rara vez se habla. El verano es un magnífico momento para fomentar la escritura. Sí, sí, la escritura. Somos miles las personas a las que nos gusta escribir y normalmente la afición empieza de pequeñitos, con ocho años o incluso menos. Todo lo que necesitamos los “escritores” – permítanme incluirme donde no me corresponde – es, como en el resto de las artes, un público a quién dirigirnos.

Hoy en día es facilísimo tener público. Haga un blog para su hijo. Que escriba lo que quiera y que lo puedan leer sus amigos, los abuelos, los padrinos, los primos. Y que le hagan comentarios. No se trata de que llegue a redactar como Arturo Pérez Reverte o como Francisco Ayala. Se trata de que se divierta haciendo algo que no tiene NADA que ver con el colegio. Para muchos escribir es un gran placer. En mi caso se acerca mucho a una necesidad.

¿De verdad quieren que sus hijos lleguen a septiembre con el cerebro bien “fresco”, que no que esté “reseteado”?. ¿De verdad lo quieren?. ¿De verdad, de verdad?. Este verano quítenle dos cosas: los deberes y las pantallas (televisión, i-pad o similar, x-box, etc).

Son solo dos meses. Hagan el experimento. Quítenle la televisión ¡DE UNA SANTA VEZ!. Sólo en verano. Verán como florecen sus hijos.

(Y ya puestos, cuando estén de vacaciones, a papá y a mamá también les va a venir muy bien dejarse el i-pad, o  cualquier otro de esos aparatitos que les mantiene conectados con el mundo exterior y les dificulta atender a su mundo interior.). Desconecten.

16 jun

Yo no ayudo a mi mujer con los niños ni con las tareas de casa.

Las frases y los gestos con los que viven nuestros hijos todos los días son los que ayudarán a conformar su visión del mundo. Los estereotipos se transmiten de generación en generación porque de manera consciente o inconsciente están en nuestro vocabulario, en nuestros gestos. Reflexionar sobre ello, identificarlos y ofrecer una visión diferente a nuestros niños será lo único que permita cambiar la realidad; la educación cambia el mundo.

Esta mañana he ido de paseo y al supermercado con los niños (ya tienen 15 meses, están para comérselos, ¡de verdad!). En la cola, se me ponen a hablar un par de señoras, y las dos concluyen lo mismo: “hi ha que veure, lo que ajuden ara els homens a les seues dones amb els fills” (“hay que ver lo que ayudan ahora los hombres a sus mujeres con los hijos”). Ésta es una de esas situaciones que me encantan para poder provocar un poco y sacar mi lado más feminista. Pero hoy se hacía tarde para comer y me he limitado a sonreír, agradecer y seguir a casa.

niños

¿Que qué le habría dicho a estas señoras? Probablemente, como en otras ocasiones, les habría respondido con un “disculpe señora, pero no, ni ayudo ni pienso ayudar a mi mujer con los hijos”. Y pasaría a explicarle cuál es mi punto de vista al respecto.

Antes de tener hijos yo nunca he sido de esas parejas o maridos que ayudan a su mujer con las tareas de casa. Pero es que mi mujer tampoco me ha ayudado nunca. Y cuando llegaron los hijos las cosas siguieron más o menos igual: ni le he ayudado con la casa ni ahora con los hijos. Habrá alguno que aún no haya pillado de qué va la cosa y esté pensando maravillas sobre mí y apiadándose de mi mujer (¡pobrecita, menudo le ha tocado!). No, yo no ayudo a mi mujer con los niños porque no puedo ayudar a alguien con algo que es mi entera responsabilidad.

Los hijos, al igual que las tareas domésticas, no son el patrimonio de nadie: ni pertenecen a la mujer ni pertenecen al hombre. Son responsabilidad de ambos. Por este motivo me llega a ofender cuando, de modo muy bienintencionado (soy consciente) me halagan con “lo mucho que ayudo a mi mujer”. Como si no fueran mis hijos o no fuera mi responsabilidad. Hago, con mucho esfuerzo y mucho gusto ni más ni menos que aquello que me corresponde. Al igual que mi mujer. Y por mucho que me esfuerce nunca podré llegar a hacer tanto y tan bien como hace ella.

¿Por qué tenemos esta visión de las responsabilidades?

Tenemos aún en la mente un modelo de familia patriarcal en el que hay un reparto de tareas muy bien definido: el hombre es el proveedor de recursos, la mujer la gestora del hogar (ahí se incluyen los hijos). Sin embargo la sociedad ha cambiado profundamente en las últimas décadas (afortunadamente) y este reparto de papeles ha pasado en muchos casos a la historia. La mujer hoy en día, aunque sigue profundamente discriminada socialmente (no hay más que ver la diferencia en salarios u oportunidades de promoción laboral) es el agente de su propio desarrollo, tiene la capacidad de desarrollar una carrera profesional en los mismos ámbitos que un hombre y, si decide dedicarse al cuidado de los hijos es, en la mayoría de los casos, por una elección personal, y no por falta de oportunidades o derechos sociales.

En un momento en el que tenemos esta igualdad de roles entre hombre y mujer, asumir de facto que los hijos son responsabilidad de ellas es un vestigio del pasado. Hoy en día hombre y mujer se reparten (o deberían hacerlo) de modo equilibrado aquellas tareas que les atañen a ambos, como la casa y los hijos. ¿Y qué es “de modo equilibrado”? Ese equilibrio no implica en (casi) ningún caso un reparto 50-50, sino más bien una adaptación flexible entre la disponibilidad de los miembros de la familia y las tareas que se requieren. Pensemos por ejemplo, qué injusto sería un reparto de tareas 50-50 en un caso en el que la mujer llegara a casa a las 20:00 después de 12 horas de trabajo, y su pareja llevara desde mediodía en casa. Un reparto “mitad tú, mitad yo” sería tremendamente injusto. E igual a la inversa.

Los hijos implican dar un paso más allá en esta flexibilidad y suponen un importante test de compenetración y trabajo de equipo en la pareja (y cuando vienen a pares como en nuestro caso, más todavía). Ya hablé hace tiempo sobre el papel del padre durante la lactancia, ya que parece que muchos padres se sienten perdidos durante esta etapa pensando que la mujer es la única que puede hacer algo por el niño. Ni mucho menos. Pero conforme crecen los niños el papel que juega el padre crece más si cabe.

¿Cuáles son las tareas propias del padre y cuáles las de la madre?

Bueno, pues más allá de ser la madre (por obvios motivos) la encargada de la teta, el resto de las casi innumerables tareas relacionadas con los hijos no son patrimonio exclusivo de nadie, son total y absolutamente intercambiables entre padre y madre en función de las circunstancias, preferencias (de ellos o de los hijos -hoy quiero que me duerma la mami/el papi-) o habilidades de cada uno.

Un buen reparto de esas tareas es el que es equilibrado, justo, que no genera conflicto y que permite un desarrollo armonioso de la rutina doméstica.

¿Qué modelo quiero transmitir a mis hijos?

Quiero que mis hijos crezcan sin saber si planchar es cosa de hombres o de mujeres. Que no sepan si los baños son cosa de su padre o de su madre. Que no asocien la cocina con el feudo de nadie, ni tampoco la aspiradora, doblar ropa u ordenar los armarios. Que acudan con más o menos igual frecuencia a uno o a otro para dormir, para contar sus confidencias, para jugar o para enfadarse. Que no haya un “jefe” de la casa sino que todos convivimos del modo más feliz posible.

Así que no, señora, yo no ayudo a mi mujer con los niños. Tampoco con la casa. Estoy con ellos en el supermercado y les paseo porque son mis hijos y me acompañan allá donde voy. Les cambio los pañales, les baño, les llevo al parque o les preparo la comida no por ayudar a mi mujer, sino porque son mis hijos, son mi responsabilidad y quiero que crezcan con un modelo de familia y de reparto de tareas diferente a aquel que Ud. y yo hemos tenido.

12 jun

Felicidad y aprendizaje.

Ayer terminamos el taller para padres “Como apoyar y motivar a nuestros hijos de Primaria en su proceso de aprendizaje escolar”.

Ha sido una experiencia realmente enriquecedora para mí. Ha sido un taller práctico (como siempre nos gusta trabajar en esta empresa), que ha permitido conocer puntos de vista y situaciones, ejemplos concretos de todas las participantes, y nos ha dado la posibilidad de buscar soluciones entre todas y de aportar y adaptar ideas.

Me encanta el tema de aprendizaje, los mecanismos que se ponen en marcha en nuestro cerebro, los experimentos y técnicas que podemos llevar a cabo para mejorar la predisposición  y la motivación, entender el punto de vista de todas las partes y sobre todo poner el aprendizaje al servicio de un objetivo mayor: la felicidad y el bienestar emocional.

Hemos de ser conscientes de lo que nosotros, como padres, aportamos, de nuestra mochila llena de aprendizajes inconscientes… y desaprender para poder construir sobre lo que creemos de verdad ahora, en este momento, lo que queremos para nuestro hijo.

despertar

Y a partir de ahí… ser creativos!! Y poner en marcha técnicas y conocer herramientas que faciliten y mejoren el proceso. ¡Si queréis os las contaremos todas en la siguiente edición del taller que ya nos están demandando para el inicio del próximo curso!

Gracias a las asistentes, ha sido un placer acompañaros.

Ana Ayala Tomás
13 abr

Lo que los deberes han conseguido

Estamos totalmente de acuerdo con el planteamiento del artículo. Quizá lo más importante... el "miedo" u "odio" que generan los deberes ante el aprendizaje, un proceso natural, asombroso y divertido que todos los niños llevan "de serie" y terminan aborreciendo por dedicar demasiado tiempo a tareas a las que no le ven sentido y les roban su ocio y su infancia.
Publicado en todoeldiaconectados.com. Por Eva Bailén

Siento no haber escrito nada en mucho tiempo, la batalla que he emprendido por poner un poco de sentido común en el tema de los deberes escolares me ha mantenido muy ocupada. Seguro que muchos ya sabéis que he abierto una petición en change.org para que se modere la carga de deberes de los niños españoles.

Cuando redacté la petición y la subí a la plataforma no tenía ni idea de la repercusión que iba a tener. Ni de la cantidad de gente que iba a conocer. Es muy gratificante leer los comentarios de la gente que apoya mi petición, y mucho más encontrar a profesores comprometidos, preocupados y lo suficientemente valientes como para hacer declaraciones tan claras como la que os voy a presentar a continuación.

Alfonso González Balanza es el autor del artículo que veréis más abajo. Es profesor de Biología y Geología en Secundaria, estudia Humanidades en la UNIR, y sobre todo es padre, como yo, de tres niños.  Alfonso decidió imprimir su artículo y pegarlo en el tablón de anuncios del centro donde trabaja, y donde asisten a clase sus hijos. Creo que ha sido muy valiente y se merece que se reconozca su valor, además de que le agradezcamos lo que ha hecho. Es un granito de arena más en esta lucha por la felicidad de los niños, por su tiempo y por su derecho al juego libre. Os dejo ya con su artículo:

Yo confieso

La inmensa mayoría de los maestros (mis compañeros de profesión) considera que los deberes son absolutamente necesarios. Muchos estarían dispuestos a discutir sobre la cantidad adecuada, pero que hay que mandar deberes no se lo cuestionan; es algo tan evidente como que  en invierno hace frío y que en verano hace calor. Digamos que es el orden natural de las cosas. Los maestros deben mandar deberes y los niños deben hacen deberes por la misma razón que la Tierra da vueltas alrededor del Sol y las plantas florecen en primavera: porque así ha sido siempre y porque así debe ser. La maldición bíblica “ganarás el pan con el sudor de tu frente” está tan arraigada en nuestra cultura que la hacemos extensible a los niños. La vida es dura; en este valle de lágrimas no estamos para disfrutar, sino para sufrir.

A casi cualquier maestro que le preguntes por la conveniencia de mandar deberes a los niños te contestará, igual que se recita un mantra, que los deberes cumplen tres funciones: refuerzan lo aprendido, enseñan responsabilidad y crean un hábito de trabajo. Y de ahí no los vas a sacar. Eso es lo que hicieron con ellos sus maestros, eso es lo que les han enseñado en la escuela de magisterio y eso es lo que harán hasta que se jubilen. No importa que nuestro país, año tras año, esté a la cola de los países avanzados, en cuanto al rendimiento escolar se refiere, a pesar de que nuestros alumnos sean los que más días de clase tiene al año y más horas dedican a los deberes en casa. Da igual que todos los estudios internacionales demuestren que los países en los que menos deberes se mandan (o en los que directamente están prohibidos por ley) sean los que mejores resultados obtienen; da igual que todas las investigaciones serias hayan demostrado que los deberes no sólo no sirven para nada, sino que pueden ser perjudiciales. Para muchos de mis compañeros de profesión tales estudios son una patraña de pedagogos progres que no quieren que a los niños se les transmita  la cultura del esfuerzo.

Frente a esos argumentos repetidos por tantos profesores, mi experiencia me dice que los deberes son inútiles, antipedagógicos, profundamente injustos y, lo que es peor, impiden a los niños realizar otras actividades mucho más importantes. Pero en primer lugar voy a explicar por qué, a mi juicio, tales argumentos son una falacia y un sofisma.

¿Hábito de trabajo? Si dedicar 9 meses al año, 5 días a la semana y 5 horas diarias a la realización de tareas escolares, para un niño de entre 6 y 11 años, no es suficiente para lograr un hábito de trabajo, que alguien me explique qué se necesita para lograr ese hábito. Niños en edad de correr y jugar, están sentados en una silla de madera 5 horas diarias realizando tareas aburridas y repetitivas, mientras exigimos que estén en silencio y concentrados. Cuando los profesores asistimos durante nuestra jornada laboral a una charla de más de una hora, nos retorcemos en nuestros asientos y miramos el reloj con desesperación, a pesar de que somos adultos y se nos supone una mayor capacidad de autocontrol y sacrificio, ¡por no mencionar que nos pagan por ello! Mi hija de 8 años, por ejemplo, dedica al trabajo muchas más horas que yo y que absolutamente todos los profesores que conozco (y conozco muchos).

¿Responsabilidad? Existen muchas formas de enseñar responsabilidad, y no sólo la de cumplir con la obligación de hacer deberes; sin olvidar que no podemos exigir responsabilidad a quien por su edad no es responsable de su tiempo ni de sus circunstancias. La responsabilidad se adquiere progresivamente, y me parece normal empezar a exigirla en la ESO, pero no en Primaria: el tiempo del que disponen los niños por la tarde o los fines de semana no depende de ellos, sino de sus padres.

¿Refuerzan lo aprendido? Un niño de 11 años sólo necesita saber sumar, restar, multiplicar, dividir, escribir (correctamente) y leer (con fluidez), para afrontar con éxito la Secundaria. ¿Eso no se puede aprender en 6 años de trabajo diario en clase? Los niños no refuerzan lo aprendido en clase por la tarde: lo aborrecen. Hasta que no tuve hijos, y estos empezaron a estudiar en Primaria, no me di cuenta de la suerte que tuve de ir a un colegio en el que no se mandaban deberes hasta la 2ª etapa de E.G.B. (de 6º en adelante) y, la verdad, no me ha ido nada mal en mis estudios posteriores.

Y ahora voy a explicar por qué sostengo que son injustos e inútiles: para empezar, los deberes que se mandan son los mismos para todos los niños, independientemente de su capacidad y circunstancias personales. Esto es, por definición, absurdo e injusto: si mi hija, que está en 1º de ESO, no hubiera tenido unos padres profesores (y por lo tanto con estudios y MUCHO tiempo para dedicarle) no habría obtenido los resultados tan buenos que obtuvo en Primaria. Pero a pesar de toda la ayuda que le hemos dado, mi hija ha dedicado cientos de horas a realizar tareas escolares absurdas y repetitivas. Porque la mayoría de las actividades incluidas en los libros de texto se basan en la repetición, en el aprendizaje memorístico al pie de la letra, en copiar mecánicamente y en seguir unas pautas de realización muy concretas, que no dejan margen ninguno a la creatividad, y que logran destruir la curiosidad de los niños. Además, las tareas que mandamos, en muchos casos, no siguen criterio pedagógico alguno: he podido comprobar cómo el número de ejercicios o de trabajos que tenía que hacer mi hija en una asignatura, aun teniendo al mismo profesor, variaba enormemente de un año para otro por el mero hecho de que, al cambiar de editorial, el nuevo libro tenía muchos más o muchos menos ejercicios que el del año anterior. Es decir, que los profesores mandamos todos los ejercicios que vienen en el libro, sin plantearnos cuántos o cuáles son los necesarios: si son diez, diez, y si son veinte, veinte (y, por supuesto, HAY que hacer todos los ejercicios y dar todos los temas del libro). Y este no es un problema del colegio de mis hijos (de cuyos profesores, excelentes profesionales, no tengo, por otra parte, ninguna otra queja), sino que es un problema generalizado de nuestra profesión.

Pues bien, yo confieso que he hecho docenas de ejercicios de Matemáticas a mi hija (si, por ejemplo, le mandaban cinco divisiones, ella hacía una y yo cuatro) le he dictado montones de ejercicios de “Cono”, le he traducido incontables páginas escritas en Inglés, le he ayudado con decenas de ejercicios de Lengua y le he hecho muchos trabajos de diferentes asignaturas (mi mujer, además, le ha ayudado a terminar incontables láminas de dibujo y trabajos manuales). ¡Y no me arrepiento! Lo he hecho para que mi hija tuviera una infancia feliz y durmiera todos los días 10 horas. Gracias a eso, mi hija es una niña sana, además de una gran deportista, le encanta leer y escribir por puro placer, juega  al ajedrez, toca la guitarra y es una niña abierta y sociable que ha jugado cientos de horas en la calle. Y si ahora que está en la ESO puedo asegurar que no le ayudo nada en absoluto y sigue sacando muy buenas notas, ¿eran necesarios todos esos deberes que le mandaron y no hizo? ¿Qué pasa con todos los niños cuyos padres trabajan mañana y tarde y, además, no tiene estudios para poder ayudar a sus hijos? Pues simplemente que este sistema educativo injusto, que coarta la libertad y la creatividad de los niños, los margina irremediablemente y los señala como niños irresponsables y fracasados, a la vez que los hunde con negativos, ceros y castigos, y les mina la autoestima, haciéndoles creer que no sirven para estudiar. Si las circunstancias familiares de cada niño son distintas, todo lo que se mande para casa es, por definición, injusto, y condena al fracaso a miles de niños cuyos padres no tienen tiempo, ni capacidad, para ayudar a sus hijos con los deberes escolares.

Pero además, los deberes son antipedagógicos porque hacen que los niños odien estudiar y aprender. A la mayoría de los niños les encanta ir al colegio, pero no soportan hacer deberes; para los niños estudiar y aprender es un castigo (mis hijos no pueden entender que yo siga estudiando por placer). Eso es lo que hemos conseguido mandando deberes hasta lograr el hastío de los niños.

Y lo peor de todo: los deberes ocupan tanto tiempo que los niños no pueden realizar otras actividades mucho más importantes para su desarrollo físico y psíquico; los profesores hemos logrado que los niños lleven una vida igual de sedentaria que los adultos, con el consiguiente problema, convertido ya en epidemia, de obesidad infantil generalizada.

Y es que los maestros no mandamos una actividad en concreto, un día en concreto, tras una meditada reflexión, por considerarla necesaria para conseguir un determinado objetivo que es imposible lograr con el trabajo de clase, tras plantearnos los pros y los contras y pensar de qué modo podemos lograr que nuestros alumnos se motiven con dicha actividad (en vez de considerarla un castigo), sino que lo hacemos de manera automática; porque sí, porque es lo que se supone que hacen los maestros.

Yo propongo que, siguiendo la lógica de mis compañeros maestros, los equipos directivos de los centros nos manden trabajo durante las vacaciones, para que no perdamos el hábito de trabajo adquirido durante el curso. Y que cuando asistamos a un curso de formación, nos manden deberes para el día siguiente con el fin de afianzar los contenidos del curso.

Muchos compañeros me comentan que son los padres los que exigen que se manden deberes a los niños. ¡Pues claro! Para muchos padres los deberes son la forma de que sus hijos estén ocupados y no les molesten pidiéndoles ir a la plaza a jugar. Muchos padres querrían que los niños estuvieran en el colegio hasta las 8 de la tarde, y, por supuesto que hubiera clase los sábados y que los niños siguieran yendo en julio al colegio. ¿Por qué no les hacemos caso en eso también?

¿Y qué deberían hacer, a mi juicio, los niños después de la jornada escolar? Pues según todos los estudios científicos y pedagógicos, está absolutamente demostrado que los mayores beneficios para el desarrollo neurológico y cognitivo de los niños se obtienen con las siguientes actividades: Deporte, Arte (Música, Dibujo…), Juego (imprescindible para la socialización de los niños y para desarrollar la creatividad), Idiomas y Lectura. El arte, la filosofía, la ciencia, la literatura, la música y todas las actividades más elevadas realizadas por el ser humano, son consecuencia directa del mayor logro conseguido por la humanidad: el tiempo de ocio.

Por lo tanto, los niños deberían pasar más tiempo con sus familias, jugar con otros niños (a ser posible en la calle) y practicar deporte, todos los días; aprender a tocar un instrumento musical, practicar una lengua extranjera y jugar al ajedrez, varios días a la semana. Y, sobre todo: leer, leer, leer, leer, leer… Sólo se debería mandar de deberes, en Primaria, leer todos los días el libro que ellos elijan. Y al día siguiente, en el colegio, hacer una redacción contando lo que han leído. Nada más; el resto de actividades se deberían hacer todas en clase. Si intentamos reducir el número de deberes no cambiaremos nada: todos los maestros están convencidos de que ellos mandan muy pocos deberes; sólo eliminándolos por completo lograremos acabar con esta sin razón.

Alfonso González

Lo que los deberes han conseguido ha sido unir a miles de personas en un fin común, despertar el interés de los medios de comunicación, hacer que padres como Alfonso confiesen, que profesores como Alfonso digan claramente lo inútiles que son los deberes y que se reflexione sobre el estilo de vida que el sistema educativo impone a niños y a familias enteras.

Por favor FIRMA si no lo has hecho ya. Pincha aquí por el cambio que necesitamos.

Gracias por compartir y difundir este artículo.

Foto que ilustra este artículo del usuario Bart, bajo licencia Creative Commons, en Flickr.
26 feb

“Mamá: no puedo parar los pensamientos que me llegan a la cabeza”.

La sobreestimulación. Cada vez más expertos hablan sobre ella y sus consecuencias en nuestros niños. Vivimos en una sociedad... que va a cien por hora, hay cosas que no podemos cambiar pero otras nos podemos parar, sólo un momento, y reflexionar en las consecuencias que puede tener para un cerebro de 2 años que están formándose, aprendiendo y descubriendo, tener tanta estimulación por minuto. Reivindicamos, desde aquí, un poco de aburrimiento, por favor.
sobreestimulacion

Una amiga me comentó hace unos días que su hija, de apenas cinco años de edad, le había sorprendido con este comentario mientras la llevaba a un cumpleaños. Sentada en su sillita, en los asientos traseros del coche, la pequeña se mostraba agobiada y desconcertada. No es la primera madre que me comenta algo parecido, pero en este caso resulta especialmente significativo el hecho de que la niña considerara que los pensamientos le llegaban de fuera..

No se trata del argumento de una película de ficción, al estilo de La invasión de los ultracuerpos, ni tampoco es consecuencia de alguna extraña enfermedad mental, o una situación puntual y pasajera. Tras descartar todo lo descartable, la conclusión no se hace esperar: se trata sin duda de otra niña más alcanzada por lo que denominamos sobreestimulación. En 1997, hace ya dieciocho años, publiqué un libro sobre el consumo de drogas de síntesis entre los adolescentes, en el que hacía referencia exactamente a esta situación. Sin lugar a dudas nos encontramos ante la generación más sobreestimulada de toda la historia de la Humanidad. Hasta hace apenas 50 años los estímulos que recibíamos del exterior eran muy limitados y moderados en relación a los que recibimos hoy en día. Se trataba fundamentalmente de estímulos procedentes de nuestro entorno inmediato, familia, amigos, y las pocas horas a la semana que podíamos pasar viendo un canal de televisión en blanco y negro, o escuchando algún programa de radio.

Hoy, cualquier niño de diez años de nuestro entorno, ha recibido muchísima más información que cualquier otro homo sapiens de los que han pasado por aquí en los últimos 40.000 años. Ha visto imágenes de tiranosaurios corriendo por un bosque, cuando hasta hace un siglo ni tan siquiera sabíamos de su existencia. Imágenes de peces abisales, animales e insectos de cualquier punto de la tierra, vídeos grabados en la superficie de Marte por un robot, secuencias reales sobre el corazón bombeando sangre o linfocitos haciendo su trabajo en nuestro sistema inmunológico. Cosas con las que ningún sabio de la antigüedad se atrevió a soñar, y un volumen de información muy difícil de manejar. Estímulos dirigidos a todos sus sentidos: sintetizadores, sonidos y ritmos nunca antes escuchados, alimentos procedentes de los cinco continentes, chicles que los primeros minutos saben a maracuyá y después a frutos silvestres del bosque australiano… ¿Se han parado a contar los tipos de cereales que hay en las estanterías de los supermercados? ¿Y los yogures?

Pero estos niños no reciben sólo los estímulos de su entorno habitual, sino que en muchas ocasiones nos empeñamos en “enriquecerlo” y llenar absolutamente todo su tiempo con más actividades. Un tiempo libre absolutamente copado, que se combina con histriónicas series de dibujos animados, estridentes partidas de videojuegos en 3D y todo tipo de aplicaciones para llenar sus móviles, tabletas y cabezas.

Hace ya unos años que distintos expertos, como los del grupo de investigación sobreNeuroplasticidad y Aprendizaje de la Universidad de Granada (UGR), advirtieron sobre cómo la estimulación temprana podía influir en el proceso de aprendizaje. La psicobióloga Milagros Gallo, señalaba que: “El entrenamiento en tareas demasiado complejas, antes de que el sistema esté preparado para llevarlas a cabo, puede producir deficiencias permanentes en la capacidad de aprendizaje a lo largo de la vida”.

El problema de la sobreestimulación es que, al igual que hacen las drogas de síntesis, provoca lo que denominamos “tolerancia”. Es decir, el organismo se acostumbra a recibir con regularidad su dosis de estímulos, hasta que llega un momento en el que tal dosis no le satisface. ¿Qué hace entonces? Pues muy sencillo: buscar una dosis mayor. Los niños que viven este efecto se hacen cada vez menos sensibles a los estímulos del entorno, y necesitan cada vez más. Se vuelven hiperactivos, o se muestran desmotivados mientras su imaginación y creatividad se van mermando. Les cuesta centrarse mucho tiempo en una misma actividad, y sienten que sus pensamientos se atropellan los unos a los otros.

NECESITAMOS EL ABURRIMIENTO

Puede parecer algo paradójico, pero necesitamos más que nunca que los niños y niñas tengan tiempo para aburrirse. Necesitamos que tengan tiempo todos los días para llevar a cabo actividades que no estén previamente estructuradas, organizadas y controladas por normas rígidas y preestablecidas. Es preciso que tengan la oportunidad de crear sus propias estructuras, normas y parámetros. Creo que los adultos que no son capaces de innovar, de adaptarse, cambiar o evolucionar y aportar algo a la vida de quienes les rodean, son con frecuencia niños privados de la posibilidad de crear y experimentar. Es necesario tener la posibilidad de explorar, y también la posibilidad de equivocarse.

Definiría el aburrimiento como la ausencia de motivación que incite a la acción física o mental. Así pues, si un niño se aburre y desea actuar tendrá que terminar encontrando o creando sus propias motivaciones. Tendrá en definitiva que automotivarse. Y no les quepa duda de que lo hará. Un niño o una niña en un parque, con un palito, arena y un par de piedras creará todo un mundo. Sentado frente a una mesa y con una caja llena de pinzas de tender la ropa, organizará una carrera de coches, desarrollará una batalla o realizará algún tipo de construcción. Una hoja en blanco, un lápiz y varios rotuladores darán lugar a todo tipo de creaciones…

Los niños y niñas de hoy, más que nunca, necesitan disponer de tiempo no estructurado y dirigido por sus mayores. La sobreestimulación, la constante motivación externa y el encadenamiento continuo de tareas y actividades programadas les saturan, agobian y ahogan su necesidad de crear.

Resumiría mis principales recomendaciones en el siguiente decálogo:

  1. Procure que sus hijos/as dispongan con frecuencia de tiempo no estructurado. ¡Verdadero tiempo libre!
  2. Reduzca las actividades extraescolares al mínimo que considere necesario. Priorice y tenga muy en cuenta aquellas que son iniciativa de ellos mismos.
  3. No se adelante a sus demandas, no queme etapas demasiado pronto. Necesitan detenerse y paladear cada edad y cada etapa. Respete su ritmo de maduración.
  4. Interactúe y juegue con ellos si se lo piden, pero no organice ni desarrolle las normas.
  5. Controle el acceso a internet y las nuevas tecnologías. No deben convertirse en prioritarias ni conformar su principal forma de ocio. Establezca horarios.
  6. Distancie el uso de ordenadores, tablets o teléfonos móviles de la hora de irse a la cama. El sueño es fundamental, y el cerebro necesita un tiempo para volver a la normalidad tras los estímulos recibidos durante el empleo de estos aparatos.
  7. Supervise las series de dibujos animados que ven. Compruebe si es usted capaz de ver un capítulo y en qué estado se encuentra después. Algunas generan un estado de ansiedad muy apreciable.
  8. Sus hijos necesitan contacto con la naturaleza. El ritmo que ésta establece actúa como un verdadero bálsamo. Necesitan tocar, oler, sentir y experimentar en espacios abiertos y naturales.
  9. Controle los ruidos innecesarios. Si alguien quiere ver la tele en casa, escuchar música o discutir, los demás no tienen que compartirlo necesariamente.
  10. Preste toda la atención posible a sus comentarios, preguntas y observaciones. Nada de lo que dicen es superficial, aunque en un principio podamos no entender lo que están intentando decirnos.

(Esto no quiere decir que la sobreestimulación sea la respuesta a todos los casos similares. Mi intención es sólo aportar recursos e ideas a los padres y madres que puedan sentirse identificados).

Más información: http://www.guiasaluddigital.com

07 feb

Más despacio con los hijos.

Contagiamos a nuestros hijos el virus de la prisa. La ansiedad, el estrés, darle mayor valor a hacer las cosas rápido antes que bien... no nos damos cuenta, si nosotros podemos con este ritmo, ellos también. Un ritmo contrario al aprendizaje y al desarrollo integral que no nos deja dedicarle tiempo a lo importante. Pensemos, respiremos y... ¡más despacio por favor!
Publicado el

Más despacio con los hijos: un encuentro con Carl Honoré

BO 0427 Honore

Cuando cada noche leía un cuento a su hijo, Carl Honoré se saltaba líneas, párrafos e incluso páginas, en un intento de acortar un poco la historia. Un día, este periodista canadiense descubrió el libro “Cuentos de un minuto para dormir” y le entusiasmó la idea de contar el cuento a su hijo en sólo 60 segundos. “De pronto me paré: ¿Hasta dónde había llegado?”, reflexionaba el autor de “Bajo presión”

Niños contagiados por el virus de la prisa:

La aceleración que observamos en todos los ámbitos de la vida moderna (la comida, el trabajo, el deporte, las relaciones) afecta especialmente a nuestros hijos.

En su libro “Bajo Presión”, Honoré describe cómo desde la cuna nuestros  niños viven contagiados del virus de la prisa: les ponemos música desde muy pronto para mejorar su desarrollo,los apuntamos a actividades con solo meses y luego los sometemos a rígidos horarios y actividades extraescolares..

Este ritmo trepidante añade una gran cantidad de ansiedad a su vida, merma la capacidad de aprendizaje de los niños, dificulta sus relaciones sociales y, por supuesto, la autoestima que están construyendo.

La crianza sin presión consiste en dejar a nuestros hijos averiguar lo que son y no lo que queremos que sean. Esto significa dejar que las cosas sucedan en lugar de forzarlas. Significa aceptar que los aprendizajes y experiencias más enriquecedores a menudo son imposibles de medirse o clasificarse en un currículum vitae”.

 

Los niños necesitan momentos de aburrimiento:

Lo que los niños necesitan es tiempo, lentitud, momentos incluso de aburrimiento, porque es ahí como expresan su creatividad, aprenden a socializarse y a conocerse”.

Según Honoré, con tantas prisas se nos ha olvidado cómo disfrutar plenamente del momento, solos o con otros. ¿Podemos de verdad ralentizar nuestro ritmo en este mundo de prisas, diferenciar lo urgente de lo importante, dedicar más tiempo a lo que de verdad consideramos importante? “Sí”, afirmó categórico.

Él, que se reconoció un ex adicto a la velocidad, aseguró que desacelerar le cambió la vida: “soy más feliz, más productivo, mis relaciones son más fuertes y, la prueba definitiva: leo a mi hijo los cuentos con todas las palabras”.

El movimiento “Slow”:

Carl Honoré es defensor del movimiento “Slow”, que intentarecuperar la calma perdida en las sociedades desarrolladas para saborear la vida de otra manera.

Honoré, autor también de “Elogio de la lentitud”, ha descrito el movimento “Slow” como “una revolución cultural. Un uso del tiempo más sano, más humano  -y esto no es una paradoja- másproductivo. De tratar de hacer cada cosa lo mejor posible, en vez de hacerla lo más rápido posible. Es una filosofía que se puede aplicar en todos los ámbitos: comida, sexo, trabajo, diseño, medicina…”.

Hemos creado una embrutecedora cultura del perfeccionismo. Esperamos que todo sea perfecto -nuestros dientes, nuestros cuerpos, nuestras vacaciones-. Y queremos hijos perfectos para redondear el retrato. El problema es que no hay tal cosa y esa búsqueda se está volviendo contra nosotros”. Carl Honoré

Fuente:  serPADRES
29 ene

¡Mi papá es importante para mí!

Fue hace unos años, dando unos talleres de Educación para la movilidad, en una clase de primero de Primaria.

Les hablaba de la importancia de que se pusieran el casco al montar en bicicleta:

– ¿Qué es lo que hace el casco?

– ¡Proteger la cabeza!

– ¿Y que hay en la cabeza que sea tan importante proteger? El cerebro, que es como el jefe del cuerpo; él ordena a nuestro cuerpo que haga lo que nosotros queremos hacer, para mover una mano el cerebro lo tiene que ordenar, ésa orden viaja por nuestro cuerpo hasta llegar a la mano y entonces se mueve!  Y así con todo lo que hacemos. Por eso es tan importante proteger bien la cabeza, porque si nos caemos y nos damos un golpe fuerte contra el suelo, o un bordillo, o una piedra… se puede dañar el cerebro y puede fallar al dar alguna orden.

¿Vosotros usáis el casco cuando vais en bici?

Decían que sí y levantaban la mano para contar su experiencia. Una niña, cuando le pregunté me dijo:

– Sí, siempre me pongo el casco. Mi papá me explicó que me quiere mucho y que el casco me protege para que no me pase nada. 

Yo quiero a mi papá~1– Eso está muy bien, efectivamente hay que protegerse siempre cuando vamos en bici.

– Pero… ¡Yo también quiero mucho a mi papá!

– Estoy segura de eso cariño.

– Entonces… ¿por qué él no se pone casco?