07 oct

Ir más allá

Sin darnos cuenta, la mayoría de las veces sin reflexionar sobre las repercusiones que pueda tener o que ha tenido incluso en nosotros mismos, seguimos repitiendo patrones, frases y comportamientos que marcan una clara diferencia entre “lo que se puede/debe hacer si eres chica o si eres chico”.  Perpetuamos los estereotipos en los que nos han educado, con nuestras palabras pero sobre todo con nuestros actos.

Por ejemplo,  “los hombres deben ser fuertes y proteger al “sexo débil”, las mujeres debemos ser sensibles y dejarnos cuidar”. Esto, que dicho así a la mayoría nos provocará rechazo, es lo que está detrás de frases aparentemente tan inocuas como “este fin de semana serás el hombre de la casa, cuida de tu madre”,  “deja que tu hermano lleve los paquetes más pesados y tu coge esto otro”. En la adolescencia el mismo mensaje se puede interpretar como “yo soy el hombre, la tengo que proteger, luego tengo derecho a saber dónde está en cada momento” o “necesito un hombre cerca a toda costa, si no estoy desprotegida y me puede pasar cualquier cosa, no sabré/podré defenderme”. Y es el mismo discurso, ya interiorizado, el que puede hacer que una mujer no escoja oficios en los que se va a tener que relacionar o en algunos casos imponer a hombres porque no se vea capaz o haya aprendido que ellos “están por encima” en esos sectores (como por ejemplo trabajos relacionados con la construcción, con las fuerzas de seguridad o con determinadas ingenierías donde el porcentaje de mujeres sigue siendo significativamente menor). Y también puede hacer que un hombre no escoja oficios en los que se vea más expuesto emocionalmente porque haya aprendido que eso de mostrar sentimientos “es cosa de mujeres” (como por ejemplo trabajos  relacionados con la educación o los cuidados básicos en salud u hogar donde el índice de matriculados sigue siendo altamente femenino).

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“Sé un hombre, los hombres no lloran”, “ella es inquieta, él es un trasto”, “a los hombres nos gustan los deportes”, “es la mujer la que sabe llevar una casa”, “compórtate como una señorita”, “las muñecas son juguetes de niñas”, “llevas el pelo a lo chico”…

Los estereotipos hacen que veamos como una obligación determinados comportamientos generalmente opuestos entre ambos sexos; esto no es sano, evitar estereotipos permite que cada persona se pueda desarrollar como quiera, como es, no como la sociedad espera de ella en función de su sexo.

 ¿Qué podemos hacer como padres?

  1. Reflexionar sobre lo que decimos y hacemos, pararnos a pensar en sus consecuencias; debatirlo entre nosotros, como adultos y estar alertas.
  2. Enseñar con el ejemplo. Si no queremos que ellos estén encorsetados por estereotipos tampoco lo deberíamos querer para nosotros; tratar de educarles para que tengan lo mejor si no somos capaces de luchar para tenerlo nosotros mismos es un contrasentido que también “captan” y reproducen.
  3. Hablar con nuestros hijos sobre lo que oyen y viven cada día; tratar de “desmontar” con la lógica de la realidad los estereotipos a los que se enfrentan, por nimios que nos parezcan son su marco de referencia.
  4. Aprovechar las noticias de los medios de comunicación o los sucesos de su entorno cercano para debatir y reflexionar juntos. No opinar, no entrar en ello u obviarlo también es tomar postura y también enseña conductas.
  5. No coartarlos a la hora de elegir juguetes, regalos o ropa, que puedan seguir sus preferencias sin hacer caso a patrones pre-establecidos y sean capaces, con nuestra ayuda si la necesitan, de defender sus elecciones.
  6. Aportar ideas para decir y hacer las cosas diferentes; ampliar las distintas maneras de abordar una misma cuestión y ensayar con ellas.
  7. Llegar a acuerdos sobre tareas y responsabilidades en casa atendiendo a las preferencias de cada uno y no a lo que supuestamente le toca por ser chico o chica; y si es posible que sean rotativas para aprender de todo y para desarrollar la empatía (¡también las nuestras, claro, el ejemplo enseña más que las palabras!).

Las normas, el lenguaje y el comportamiento en el hogar son la base para que nuestros hijos sean capaces de romper con estos estereotipos que socialmente están tan arraigados. Somos nosotros, como padres, los que hemos de proporcionarles pensamientos y herramientas que les permitan sobrepasarlos y para ello, el primer paso, es cuestionarnos, ser conscientes de todo aquello que aparece sin darnos cuenta… e ir más allá.

Ana Ayala Tomás
Pedagoga de Cadakual Iniciativa Social S.Coop.
20 ene

“Los padres perfectos son de mentira”

Los padres hoy en día vivimos sometidos a mucha presión, externa y propia, para conseguir ser "perfectos". La presión no ayuda, la naturalidad sí, y Carles Capdevila es un perfecto ejemplo de esta línea educativa que promueve el sentido común, el humor y el equilibrio entre la permisividad y el autoritarismo.

Carles Capdevila: «Los padres perfectos son de mentira»

La guerra Estivill-Carlos González es ya historia. Dos sentidos, el común y el del humor, se alían para echarnos un cable en la vida real: «Hay que divertirse educando. Es cierto que en mi casa no nos divertimos siempre. Por la mañana hay una mala leche terrible y salta la tostadora… Pero hay que ser positivo», afirma este padre de cuatro hijos que dice que nada cura tanto como los besos de mamá

Publicado en La Voz de GaliciaANA ABELENDA16 de enero de 2016.

Padres reales, podéis respirar, no estamos perdidos. Está bien ser normal, tener ciertas manías, enfadarse, equivocarse. Es  posible «educar con criterio y con cariño», asegura Carles Capdevila (Balenyà, 1965). Para ser padre y no venirse abajo al mínimo error, según apunta este gurú de la educación convertido en éxito viral tras una charla para la plataforma Gestionando Hijos, solo hacen falta cinco sentidos, y dos bien aguzados, el común y el del humor: «No hay manual. Como padre te vas a equivocar, llévalo con naturalidad y bienhumoradamente». ¿Empezamos? «El amor y el criterio son la base. Algo difícil de aplicar, pero fácil de entender».

¿Carlos González o Estivill: besamos mucho a los niños o los educamos en la frustración, por decirlo a la brava? «No soy partidario de los métodos conductistas, de educarles frustrándolos, creo que hay que besarles mucho, y me sumo a la campaña en favor de la lactancia materna, pero las cosas no hay que llevarlas al extremo. Defiendo los términos medios. No habrá que sobrecargar a los hijos de actividades pero igual necesitamos que hagan un par de actividades para vivir. Creo que se puede educar con criterio y con amor. Porque aquí parece o que eres muy serio e inflexible o que te pasas de cariñoso y siempre cedes. Es necesario saber decir que no con cariño».

A través de un vídeo de YouTube que corre veloz en redes sociales el fundador del diario Ara se ha colado en nuestra casa para aclarar las cosas: «Tener hijos no es lo mejor del mundo. Es lo mejor del mundo solo para algunas personas». A este paciente impaciente que afronta hoy un cáncer lo avalan cuatro hijos, dos pequeños y dos adolescentes, 20 años de experiencia y el favor de un público realista que dice sí a la naturalidad.

-Hemos acabado haciendo los deberes de nuestros hijos. ¿Adónde nos va a llevar la sobreprotección?

-Es algo peligroso, sobreprotegerlo no es hacerle un favor al hijo, al contrario: es privarle de adquirir una responsabilidad propia, no ayudarle a resolver las cosas por sí mismo.

-Los padres sobreinformados somos el blanco perfecto de tu ironía.  A veces menos es más, dicen…

-Sí. No hacen falta 35 manuales sobre el primer año de vida de un niño. Mis padres, sin estudios ni guías, lo hicieron muy bien… Y trabajaron muy duro en una época difícil.

-¿Somos peores padres que los nuestros? ¿Muy adolescentes por dentro para ocuparnos de adolescentes?

-[risas] A veces confundimos las cosas. Los 50 no son los nuevos 30, los 50 ¡son los 50! No vamos a resolver nada desquiciándonos ante una adolescente desquiciada, ni dejándola que haga lo que quiera. Hay que estar tranquilo, aprender a fingir mínimamente para transmitir seguridad. Y no desmoronarse porque un hijo pegue un portazo, un grito o no soporte que no le pongan un me gusta en Facebook.

-Una cosa son los hijos. Y otra los hijos adolescentes…

-Me encanta decir eso de «No hay problema que hablándolo con un adolescente… se haga aún más grande» [risas] Los adolescentes son maravillosos, como dice Eva Bach [autora de Adolescentes: qué maravilla], ¡aunque te desquicien!  Los padres de hoy estamos muy pegados a los pequeños y muy alejados de los mayores.

-Hay una carta de un adolescente que circula por wasap en la que dice a su padre: «Estamos en los extremos de una cuerda. Por favor, pase lo que pase no sueltes la cuerda».

-Es una buena imagen. Porque la misión del adolescente es huir de ti y la tuya vigilarlo. Y que vea que le controlas, que no lo haces a escondidas. Él quiere que lo quieras, aunque parezca que le resbala. Hay que abrazarlos mucho, estar ahí. A mis adolescentes les digo que pase lo que pase, voy a estar ahí «porque te quiero», aunque en función de qué pase y a qué hora estaré más o menos cabreado. Si me llamas a las seis de la mañana desde comisaría, estaré allí, pero ¡cabreado!

-¿Cuál es la clave para acertar?

-No tomarse muy en serio a uno mismo. Y dejar de lamentarse, divertirse educando. Sentido del humor.

-Pero hay momentos duros…

-… Sí, en mi casa no nos divertimos siempre. Por la mañana hay una mala leche terrible y salta la tostadora. No es como en las películas. Pero hay que ser positivo.

-Y asumir que vamos a equivocarnos a veces. Muchas veces.

-Están la propia realidad y los padres perfectos.

-Los padres perfectos son de mentira. No existen.

-¿Cómo ayudamos a los niños a crecer?

-A partir de los 7 u 8 años debes ir dejándoles poco a poco más libertad, ahí empieza la negociación. Esa es una edad idónea, porque a los 14 ya no te harán caso. Déjales que se caigan de la bici, que se ensucien o que se olviden alguna vez el bocata.  No pasa nada. La educación empieza cuando ocurren cosas.

-¿Un no debe ser un no y punto? Me refiero al ejemplo de la piruleta que pones en tu monólogo.

-Él debe entender que un no es un no. Y no hay que decirlo 27 veces o a gritos, sino con normalidad. No necesita que le digas que no puede comer una piruleta porque no tiene los nutrientes necesarios, solo te pide un sí o un no. Los niños quieren respuestas, ¡y rápidas! Yo cuando pongo mi cara de no tranquilo transmito seguridad. El no sé no sé… el dudar de todo transmite duda. Un padre tiene que ser a veces como un GPS que diga rotonda-gire a la derecha-tome la segunda salida… Porque si el hijo no sabe y el padre no sabe…, imagínate.

-La democracia es idónea pero, dejémonos de cuentos, que a veces un hogar necesita un gobierno fuerte liderado por dos tecnócratas, dices tú con humor.

-Todo se puede hablar, yo soy partidario de hablar. Aquí se habla todo pero no se vota. Yo escucho a mis hijos y cambio de opinión, pero decido yo. Se supone que los padres tenemos un poco más de criterio a la hora de decidir por ejemplo si comemos fuera… al menos en cuestión de presupuesto.

-Nada cura como los besos de mamá, escribes en tu blog. ¿Y qué hay de los de papá? ¿No curan igual?

-Bueno… es distinto. Cuando tu madre te da un beso te remite al bebé que fuiste, refuerza ese vínculo especial. En mi caso siempre he tenido la sensación de que mi mujer es más protectora y yo más… ¡vamos vamos vamos!, más de espabilarlos. Ahora compartimos y repartimos roles, pero defiendo la diferencia.

-¿Es natural o la hemos ido aprendiendo por lo que vemos?

-No sé, no estoy seguro.

-A todos los hijos les queremos igual, dicen muchos.

-Es un tópico. Igual en intensidad sí, pero no de la misma manera. Daría mi vida por todos ellos, claro, pero la relación con cada uno es diferente. Ahora siento que no he estado nunca tan enamorado como lo estoy de mi hijo de siete años. Existe el feeling y las relaciones van cambiando por etapas. Un hogar es una constelación en evolución constante. De pronto se avista un nuevo asteroide, ¡o un planeta se acerca imprevisiblemente a otro…!

-¿Qué momento interestelar vives ahora en casa? 

-Ahora mi hija y mi mujer, después de unos años difíciles, están muy unidas, pasan mucho tiempo juntas, se van de compras… Me parece estupendo. No hay que sentirse mal, o de menos, por eso. Eso está bien…

-Puede suponer un relax.

-Bueno… en mi casa hay bastante oferta.

-¿Pedimos perdón como padres si nos equivocamos o no?

-Sí, uno puede tener un mal día y ser injusto. Yo pido perdón, pero es un perdón acompañado de un «entiende las normas, sabes que hay cosas que me ponen nervioso».

-A veces confundimos los roles, vivimos la vida de nuestros hijos, parece que vamos a quedarnos sin la propia.

-Es necesario recuperarla, entender que tú no tienes que vivir la vida de tu hijo, o acompañar a casa de nadie a un chico de 13 años. Mi hijo va solo en metro desde los 11.

-Eres de los pocos que hacen que la conciliación parezca real.

-A los hijos no hay que crearles un mundo aparte. Yo me los he llevado al trabajo, a conferencias… No hay que ponerse la capa de superhéroe para ser un padre maravilloso, ni fingir voces para contar un cuento, como me decía una madre que se sentía culpable. Solo acompañarles. Estar siempre ahí.  Siempre. Es tu obligación como padre.

-Aunque se rían de ti…

-Sí. A mis hijos les encanta reírse de los fracasos de su padre [risas]. Eso tiene su lado bueno, también te permite a ti vacilarlos a ellos con otras cosas.

05 mar

¿Cómo despertar la curiosidad en los niños?

Si queremos motivar y despertar la atención de nuestros hijos, alumnos, es importante que sepamos qué mecanismos utiliza su mente para procesar la información... hasta aprenderla. No memorizamos todo lo que nos llega, no aprendemos todo lo que nos explican, para eso ¡tiene que tocar nuestra emoción! ¡Hay que despertar la atención desde dentro!
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¿Falta de atención o falta de interés? ¿Cómo despertar la curiosidad en los niños?

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Es habitual escuchar a los padres aconsejar a sus hijos, en la puerta de la escuela antes de ingresar, “Presta atención, hazle caso a la maestra”, “Por favor concéntrate”, deseando que está vez el niño le haga caso y no genere problemas.
También se escucha a los maestros y profesores en las aulas, exigir: “¡Presten atención!”, “¡Por favor, silencio y escuchen!”, “¡¡Sentados!!”, o pedidos similares.

La atención no se pide, el silencio no se exige, la concentración no se fuerza. Son estados anímicos que se generan, se ganan, se conquistan. Si un niño tiene curiosidad, si le gusta lo que mira y le llama “la atención”, lo querrá aprender, y naturalmente, va a disponerse a escuchar en silencio, con atención y concentración.

La atención es un resultado de un proceso, de un clima del espacio en donde están niño, educador y lo que se quiere enseñar.

Por supuesto que un maestro puede pedir y exigir respeto; también es correcto que un padre le recuerde al niño que debe ser considerado, hacer caso, prestar atención. Pero, si esto se reclama verbalmente desde afuera, el niño solo lo percibirá como un deber impuesto.
Si no hay una motivación, algo que lo toque anímicamente, no surgirá el compromiso desde adentro; a lo sumo, el niño se mostrará obediente y en aparente atención, para no recibir un castigo posterior.

¿Cómo despertar la curiosidad?

La neuroeducación es la ciencia que estudia el funcionamiento del cerebro, y aporta conocimientos para ayudar, a niños y sus educadores, en su proceso de aprendizaje y enseñanza.

La neuroeducación ha demostrado que desde la anatomía y funcionalidad del cerebro, la emoción y la razón están ligadas. Es decir, que no se puede aprender algo, si no se siente nada por ello. A lo sumo, algo puede ser memorizado abstractamente, pero si esto no tocó emocionalmente nada dentro del alumno, lo olvidará en el tiempo.

Dicho desde un lugar científico, toda información sensorial, aquello que entra por el oído, vista, olfato, tacto, gusto, antes de ser procesada por la corteza cerebral (áreas del cerebro destinadas a los procesos mentales y cognitivos), pasa por el sistema límbico o cerebro emocional, en donde adquiere un sentido emocional: un gusto, placer, una relación con algo propio, simpatía.
Una vez que el cerebro límbico aceptó gustoso el ingreso de la información, permitirá su paso a la corteza cerebral, la cual admite el aprendizaje desde la razón.

En otras palabras, la información llega desde afuera, golpea las puertas de las emociones. Si estas se despiertan, el niño se entusiasma, siente alegría, placer por lo que escucha, ve, toca.
Si el niño se entusiasma, se interesa. Si el niño se interesa, está listo para aprender, memorizar, fijar ideas y conceptos de forma natural y no forzada.

Seguramente ustedes recordarán, en su infancia, aquel profesor o pedagogo que los llevó a dar un paseo y les enseñó sobre el ecosistema; o cuando hicieron un experimento y se sintieron tan entusiasmados que nunca olvidaron su resultado. Seguramente también recuerdan aquel maestro apasionado, que los hacía reír, los hacía sentir, y sus clases eran maravillosas, y maravillosas eras las notas de las evaluaciones, ¡y no les costaba estudiar y aprender!

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Ese maestro les hizo sentir y amar lo que les quería enseñar.

Lo que enciende el aprendizaje es la emoción, que despierta curiosidad y, luego, la atención. Insisto, la atención no se puede producir simplemente demandándola, exigiéndola; menos aún, la curiosidad. Hay que despertarlas desde dentro del que aprende.

La neurociencia demuestra que es más sencillo y fácil aprender, prestar atención, despertar la curiosidad, si aquello que me quieren enseñar, me toca por adentro, me hace sentir, me despierta amor.
Cuando el amor se hace presente, los ojos de los niños brillan repletos de curiosidad y alegría, y eso es el combustible que los impulsa a aprender.

Por supuesto, sepan que puede haber otros factores afectando el cerebro del niño, e imposibilitando un proceso de aprendizaje saludable. Las horas de sueño y descanso, mala alimentación, excesivas horas frente a una pantalla, vivencias estresantes en la familia, son algunas de ellas.
Un buen docente, un docente capacitado, emocionalmente comprometido con lo que hace, con vocación y dedicación, puede estar dando todo, pero se empieza en la casa. Si el niño no descansa bien, las horas que necesita, no come saludablemente, pasa sus horas libres delante de la pantalla, o sufre situaciones de estrés en su hogar, no estará disponible para aprender, para razonar, para prestar atención.

Entre padres, maestros y terapeutas compartimos un compromiso. Si entre todos somos conscientes y amamos lo que damos, el niño naturalmente crecerá, y aprenderá.

Por último, recordemos que no sólo somos seres emocionales y racionales. Esto, está recubierto y permeado por un Espíritu. Somos seres espirituales, emocionales y racionales, en un cuerpo físico. Estos cuatro pilares nos conforman, nos abarcan, y necesitan de buenas experiencias para evolucionar desde el amor y la alegría.

Fuente: Caminos al SER

21 dic

¿Y si educamos para la resiliencia?

Resiliencia: Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. (aunque el siguiente vídeo lo explica mucho mejor).

Una capacidad que se aprende y desarrolla y que como educadores… podemos facilitar.

Qué contribuye a que una persona sea más resiliente 

Por Ana Muñoz . Experto de Motivación
  • El apoyo emocional es uno de los factores principales. Tener en tu vida personas que te quieren y te apoyan y en quien puedes confiar te hace mucho más resiliente que si estás solo.
  • Permitirte sentir emociones intensas sin temerlas ni huir de ellas, y al mismo tiempo ser capaz de reconocer cuándo necesitas evitar sentir alguna emoción y centrar tu mente en alguna distracción.
  • No huir de los problemas sino afrontarlos y buscar soluciones. Implica ver los problemas como retos que puedes superar y no como terribles amenazas.
  • Tomarte tiempo para descansar y recuperar fuerzas, sabiendo lo que puedes exigirte y cuándo debes parar.
  • Confiar tanto en ti mismo como en los demás.
07 nov

Perdón máma, pero lo volveré a hacer

Un vídeo de un minuto. Un anuncio. Pero con tanta verdad dentro, tan bien dicho… que no nos resistimos a ponerlo aquí, porque revindicamos el valor del juego como acto fundamental y prioritario para el aprendizaje de los niños (y también de adultos).

Ensuciarse es sin duda secundario.