12 abr

Destiñendo la infancia

El otro día uno de mis sobrinos me dijo: ¿Sabes que significa COLE? Cárcel Obligatoria Llena de Exámenes. Me lo dijo con humor, riéndose, es más de ahí enlazamos con otros “chistes”. Pero a mí se me quedó una espinita de… tristeza.

Todos hemos sido niños y todos hemos renegado alguna vez del colegio pero eso no significa que no sea triste. Es triste que tu visión de un sitio al que vas todos los días sea el de una cárcel a la que te obligan a asistir  para hacer cosas que no te gustan; si es triste en un adulto, ¡cuánto más en un niño! .

Pero el caso es que los más pequeños, por regla general van contentos al cole, les gusta, lo pasan bien, se sorprenden cada día, ¡les emociona aprender!

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¿En qué momento se da el salto de una cosa a la otra?

Bueno, no creo que sea un salto, creo que es un proceso que de manera progresiva cambia la sorpresa por aburrimiento y la emoción del aprendizaje por la tensión y el estrés de las notas. Y creo, sinceramente y tras la experiencia, que los motores de ese proceso de desteñido interior son:

  1. Los deberes. Los deberes excesivos, repetitivos y aburridos son un peso muy grande para unas alas tan pequeñas. Traspasan el aula y se cuelan en casa impregnando todo: el tiempo de juego, las actividades en familia, los planes de fin de semana, las cenas tranquilas y despreocupadas, la sonrisa de mamá…
  2. La metodología. En infantil el aprendizaje se toca, se oye, se mancha, se ríe, se canta, se juega, se corta, se comparte, se arrastra por el suelo, se grita, se pincha, se recrea, se saca al patio, se cocina, se patea, se pinta, se disfruta. Conforme avanzamos en cursos comienzan a desaparecer los colores, muchos de esos métodos se diluyen, la mayoría del tiempo se pasa sentado en una silla, atendiendo y en silencio. ¿Será el cambio de método el que hace “serio” el aprendizaje? ¿Será que lo “serio” tiene menos emoción? ¿Será que perdemos entonces la alegría del proceso a través del cual llega el aprendizaje?
  3. La evaluación. Las todopoderosas calificaciones engullen a los alumnos, les marcan el objetivo a seguir y los etiquetan; obsesionan a los padres y nublan a los maestros (por suerte cada vez menos). Lo importante ya no es aprender sino demostrar en un momento concreto, de una manera específica y con unos contenidos estrictos… que eres capaz de memorizarlo.

Y así, queridos adultos, de esta manera tan interiorizada socialmente, es como estamos destiñendo la infancia.

Ana Ayala. Pedagoga en Cadakual Iniciativa Social S.Coop.
07 ene

Adiós a las asignaturas: el trabajo por proyectos convence cada vez a más escuelas

Cada vez son más los convencidos. El aprendizaje por proyectos es más motivador, más real, más cooperativo y más integrador. La educación está cambiando y es tarea de todos hacer que sea posible.

Institutos como el de Sils optan por facilitar el aprendizaje de sus alumnos a partir de los proyectos, un planteamiento que ofrece más ventajas educativas que las asignaturas: les motiva y les ayuda a conectar conocimientos

Este es un reportaje publicado en El Diari de l’Educació

Imatge d'una de les aules de les escoles dels Jesuïtes.

Imagen de una de las aulas de los Jesuitas

¿Qué prefieres, escuchar toda la mitología griega pegado al pupitre, o descubrir el mundo de los héroes y los mitos a partir de su investigación en la música, la literatura y el arte contemporáneos? No contestes todavía. ¿Qué te gustaría más, volver del patio y que te expliquen en dos sesiones de una hora la evolución de los primeros habitantes de la tierra, o que tú y tus compañeros os lancéis a defender -con argumentación científica- el yacimiento que hay en el pueblo del al lado, que parece ser que amenazado por un pelotazo inmobiliario?

“Hombre, preferimos trabajar con los proyectos, que nos ayudan a aprender cosas que nos servirán para la vida real, y que nos motivan. Son retos”, apunta uno de los alumnos de Cuarto de ESO del instituto público de Sils (Girona). Él es de los que está recabando información con sus compañeros para armar una defensa justificada del yacimiento -realmente existente, y anteriormente amenazado- del Camp dels Ninots, cerca de Girona.

El trabajo por proyectos ha relegado las asignaturas a un tercio del horario en este centro educativo gerundense, y cada vez gana más terreno, según los expertos, a la clásica organización compartimentada de las materias. “El conocimiento no es algo separado que se baste a sí mismo, sino que está inmerso en un proceso por el cual la vida se sostiene”, proclamaba hace décadas el pedagogo americano John Dewey, una frase que adapta al siglo XXI Iolanda Arboleas, directora el instituto: “Queremos futuros ciudadanos que sepan relacionar aprendizajes, que sean capços de trabajar en equipo, de innovar, de adaptarse a los cambios y comunicar bien”.

Además de algunos centros educativos públicos, que como en Sils hace años que apuestan por esta metodología, en las últimas semanas ha trascendido el atrevimiento de las escuelas de los Jesuitas de Catalunya, una institución centenaria que en su profunda renovación también ha decidido cambiar las asignaturas por los proyectos. O el siempre envidiado sistema educativo finlandés,que recientemente también ha visto en las asignaturas un signo caduco de tiempos educativos pasados.

Y es que los proyectos son sólo la palanca que permite a muchos docentes transformar los aprendizajes de sus alumnos en una actividad más motivadora -los gusta el reto-, cooperativa -suelen trabajar en grupo- y significativa -las propuestas suelen ser vinculadas al entorno del centro. “Los alumnos siempre te preguntan: ‘¿pero eso para qué me servirá a mí?’ Pues bien, los proyectos sí, dan sentido a su aprendizaje. Está comprobado que les motivan”, expone Neus Sanmartí, durante años directora del Instituto de Ciencias de la Educación de la UAB y coautora del libro ¿ Trabajamos por proyectos? “Los currículos de todo el mundo van hacia los proyectos, porque permiten un trabajo interdisiplinar: los conocimientos deben relacionarse porque en la vida los problemas reales son complejos”.

Pero, ¿cómo lo hacen en Sils?

En el instituto de Sils tuvieron la suerte de empezar de cero. El centro abrió sus puertas en 2008 y lo hizo con un equipo de profesores con inquietudes pedagógicas y ganas de cambiar las cosas. “Sabíamos que queríamos acabar con los cuatro jinetes del apocalipsis de la Secundaria, en nuestra opinión orígenes de todos los males”, recalca Arboleas, “que son la exigencia de unos niveles mínimos para todos los alumnos, la segregación por niveles, la obsesión del docente por su materia -muy propio de la ESO-, y la concepción del alumno como receptor de conocimientos”, expone la directora.

En su cruzada contra los jintes, en Sils encontraron un claro aliado en el trabajo por proyectos. Actualmente dividen el horario lectivo en tres franjas -que no asignaturas-, “que van de menos a más autonomía para el alumno”. Las tres tienen el mismo peso horario. La primera es la de la llamada clase magistral. En el instituto consideran que también debe haber espacio para la transmisión de conocimientos. La segunda es la franja de los procedimientos. “Aquí metemos las mates y las lenguas, sobre todo la enseñanza procedimental. La ortografía y las ecuaciones, por ejemplo, se han de aprender a partir de la repetición”, constata Arboleas. Y la tercera es la de los proyectos.

Hacen uno cada mes. “Al principio dejábamos que los alumnos decidieran libremente sus proyectos, pero nos encontramos que no salíamos de las tribus urbanas… Y ahora les damos orientaciones”, detalla la directora. Esto les ha permitido repartir los temas con algo más de equilibrio en función de las materias, aunque el objetivo es que cualquier proyecto incorpore contenidos de cualquiera de las materias.

¿Cualquiera? Responde uno de los profesores del instituto, durante el recreto: “Sí, a ver, por ejemplo un proyecto sobre aislamientos -él es profe de tecnología-: incorpora tecnología, matemáticas porque tienes que tomar las medidas de la casa, ciencias naturales para estudiar los materiales con que lo puedes hacer, historia de la vivienda y los materiales de construcción del entorno, y lengua porque en todos los casos hacemos exposición oral al final…”.

Para integrar todas las disciplinas los profesores tuvieron que despojar los currículos de cada área, con la intención de obtener aquellos conceptos imprescindibles “para que luego los alumnos construyan sus propios conocimientos”. En este proceso, apunta Arboleas, no hay libro de texto que valga, pero sí los infinitos recursos de internet.

Los alumnos de Cuarto de la ESO del instituto de Sils.

Los alumnos de Cuarto de la ESO del instituto de Sils.

Las evaluaciones y el papel del profesor

Renunciar a las asignaturas, como han hecho en Sils, es tumbar una pieza de dominó. Automáticamente se tambalean muchas otras piezas, como los exámenes o el papel del maestro dominador del aula.

Quitar peso a los exámenes, tal como han hecho en Sils o en las escuelas Jesuitas, permite centrar la mirada más en la evolución de cada alumno. “Es la evaluación continuada que siempre hemos reivindicado pero que nunca se aplicaba”, expone Arboleas. Los alumnos de Sils, simplificando el proceso, obtienen más de la mitad de su nota en función de su trabajo en el proyecto. “Se les valora que se esfuercen, que ayuden a los compañeros, que muestren interés, que mejoren”, valora la directora.

De una manera similar se expresa Josep Menéndez, director adjunto de Jesuitas Educación, que pone el foco en las competencias: “Lo que reciben las familias en casa al final de trimestre es la evolución de sus hijos en competencias como la comunicación, la matemática, la ciudadana, la digital… Y luego eso nosotros lo convertimos, mediante un algoritmo, en las notas normativas, por cuestiones administrativas”, concluye.

Este planteamiento -valorar los alumnos en función de su progreso y no de unos mínimos previamente marcados- permite además, como ocurre en Sils, que todos los estudiantes puedan seguir en una misma clase, tengan más o menos dificultades. “Aquí aprueban los que se esfuerzan”, sentencia Arboleas, convencida de que así se refuerza la atención a la diversidad.

¿Pero como se mide el esfuerzo? ¿Y la colaboración? “Con observación”, coinciden ambos. Como el maestro ya no tiene que pasar las horas impartiendo clase, se puede pasear por el aula analizando el trabajo los alumnos.

“El maestro se convierte en un estimulador de aprendizajes y un diseñador de situaciones didácticas”. Esta es la definición de Arboleas del nuevo papel del docente. Menéndez tiene también la suya: “El maestro cede el centro de atención al alumno y pasa a plantear retos y acompañar; observar y evaluar”, sentencia.

El impacto de los proyectos en el sistema

El impacto de la transformación de los Jesuitas ha suscitado un amplio debate en la comunidad educativa.  El sociólogo Xavier Martínez-Celorrio aprovechaba para resaltar el conservadurismo de algunos institutos públicos a la hora de innovar, a lo que varios docentes han respondido que las instituciones privadas parten con ventaja de recursos, y que sí hay algunos centros públicos pioneros en este campo.

En el aspecto concreto del trabajo por proyectos, Sanmartí hace su diagnóstico: “Hasta ahora había algunos centros que trabajaban así, pero a contracorriente, y ahora quizás comenzará a pasar al revés. Sin embargo, dudo que el cambio sea generalizado. En general, el cambio se genera más en centros nuevos y en los que tienen alumnado difícil; los que ya tienen buenos resultados no se plantean estas transformaciones”, expone.

En cuanto a la Administración catalana, que ya en 2007 incluyó en la ley que había que hacer un proyecto al año en Primaria, Sanmartí opina que “no ha habido ningún otro incentivo en esta línea”. Así, ante la aparente apatía de la Generalitat, algunos centros como el de Sils han hecho su camino. “A nosotros nos han apoyado, y estamos contentos con el papel de la Administración: no nos ha dado grandes edificios ni muchos profesionales, pero nos ha dejado hacer y ha confiado en nuestra propuesta, que ya es bastante importante”, valora Arboleas.

A veces no sólo hay que convencer a la Administración, sino también las familias. “Al principio se nos quejaban porque los niños no llevaban deberes a casa”, recuerda la directora, que cree que las familias tienden a ser muy conservadoras al inicio.

Y es que decir adiós a un pilar del sistema educativo como han sido las asignaturas no es sencillo. Pero Arboleas matiza: “No es decir adiós, porque compartimentar el conocimiento también es práctico a veces, pero lo que no puede ser es que, como hasta ahora, vertebren todo un proyecto educativo o un centro. No tiene sentido”, concluye.

30 sep

“El juego es emoción, y sin emoción no hay aprendizaje”

Aprender a través del juego, utilizarlo como herramienta en las aulas. El juego despierta las emociones y estas son necesarias para aprender. Además... potencia la motivación, la participación y los "motores internos" del alumno hacia el aprendizaje.
Publicado en tiching el 21 de agosto de 2014.
Imma Marin |Tiching

Hasta hace poco no estaba muy bien visto jugar en clase. Existía la creencia de que las horas lectivas debían hacerse fichas, más o menos divertidas, y el juego era una actividad residual. Se juega si sobra tiempo. Pero detectamos cambios, sí, cada vez se juega más y mejor.

¿Qué quiere decir con que jugamos mejor?
El juego no es sólo un divertimento, es una técnica y puede llegar a ser una estrategia educativa si así lo queremos. Jugar es una actitud vital.

¿A qué hemos estado jugando hasta ahora en las aulas?
En las aulas se introducían juegos muy ligados a conocimientos curriculares concretos, a conceptos que requerían repetición y memorización: dominós de abecedarios, juegos deconectar países con capitales, juegos relacionados con las partes del cuerpo humano… Pero hasta ahora no hemos jugado con el objetivo de desarrollar capacidades o de alcanzar conocimientos nuevos por nosotros mismos.

¿Qué elemento ha hecho cambiar nuestra perspectiva del juego?
La perspectiva está cambiando poco a poco, pero creo que ha sido importante redescubrir el juego y desarrollar la gamificación en el mundo adulto profesional. Introducir el juego en dinámicas propias de empresas nos ha hecho cambiar un poco el chip.

¿Qué beneficios tiene el juego como estrategia educativa frente a otros sistemas?
El juego es emoción, y como ya defienden muchos estudios de neurociencia, no hay aprendizaje si no hay emoción. Cuando jugamos asumimos retos, nos esforzamos, nos volvemos perfeccionistas. A los 7 años, las niñas pasan más horas del revés que de pie, porque hasta que no saben hacer el pino perfectamente no paran. Nadie les ha dicho que lo deben hacer, pero es un “auto reto” que asumen con intensidad.

¿Qué es lo que hace atractivo el juego?
Yo creo que cuando planteas un juego, estas planteando un reto, un objetivo, que puede ser educativo aunque el alumno no lo asuma como tal. El juego también es narrativa si se plantea como una competición, como una aventura.

¿Y por qué cree que el juego no forma parte de las técnicas de aprendizaje o que no es en sí mismo una estrategia dentro de los centros formativos?
Porque no estaba bien visto, como hemos dicho antes. Algunos profesores sí intentaban aplicar el uso del juego como parte del sistema pero, definitivamente, es una apuesta del centro el incluir el juego como estrategia y como método.

¿Qué cree que hace falta para hacer este paso?
Han de cambiar muchas cosas. En primer lugar, que los equipos directivos apuesten por ello. Que la formación de los profesores les ayude a desarrollar su capacidad de jugar, y que se deshagan de la concepción de que ellos son el centro de la clase. Las aulas deben ser “alumnocentristas” y dejar de lado la creencia de que los niños y niñas sólo aprenden si el profesor se lo explica.

¿Cree que los profesores no saben jugar?
El juego es una capacidad humana como pensar, amar o memorizar. Si no se entrena, se trabaja, se desarrolla y se pone en práctica, nuestra capacidad de jugar se reduce. Sí que sabemos jugar, pero olvidamos las dinámicas y las lógicas del juego.

¿Qué recomienda a los profesores?
A los que estén interesados en integrar estrategias de juego en su metodología, que hagan comunidad. El trabajo del profesor es muy solitario y es necesario sentirse arropado, intercambiar experiencias, propuestas y opiniones. Es importante que los profesores logren que esto sea un tema de reflexión dentro de sus centros, ya que si no se implica toda la comunidad educativa, el maestro al final se cansa y se quema.

¿Qué cambiaría de las escuelas de hoy en día?
El sistema educativo está en crisis y hay que aprovechar la oportunidad para proponer alternativas. Yo, evidentemente, utilizaría el juego como sistema, pero también cambiaría la estética y distribución de las aulas y, sobre todo, los patios.

¿Los patios?
Un niño de primaria pasa más de 5000 horas en un patio, y es un espacio en el que, por ejemplo, el profesor no tiene claro cuál es su papel. Es el único espacio del colegio destinado al juego y no está adaptado a ello, ni morfológicamente ni organizativamente.

La implementación de las TIC en las aulas, ¿favorecen o reducen el tiempo de juego?
Depende. En los centros donde se ha implementado el uso de TIC sin una formación específica al profesorado, sólo han logrado reforzar la figura del maestro y su clase magistral, porque piensan que ahora pueden poner dibujitos y animaciones que apoyan su discurso, cuando en realidad las TIC vienen a reforzar el aprendizaje partiendo del propio alumno.

¿Crees que los profesores sacan poco provecho de las tic?
No conocemos aún todas las aplicaciones que nos pueden ofrecer.  Precisamente los entornos digitales favorecen el intercambio de experiencias entre profesores también, lo que comentábamos antes de crear comunidad. En Tiching se hace por ejemplo alrededor de los contenidos. Debemos aficionarnos más a compartir experiencias, dudas, miedos, a proponer, a participar etc.

31 mar

Los jesuitas revolucionan el aula.

Aprendizaje por descubrimiento guiado, inspiración desde la inteligencias múltiples y la educación nórdica. El cambio es necesario y positivo; el objetivo no es aprender más sino aprender mejor, cambiar la forma de relacionarnos con lo que nos rodea y rescatar la investigación, la experimentación y la pasión como herramientas fundamentales de aprendizaje.

Artículo publicado por Patricia Gosálvez. 29-3-15. politica.elpais.com

Trabajo por proyectos, flexibilidad y aprendizaje autónomo en vez de exámenes, libros y clases magistrales. Tres colegios de la orden inician un cambio radical.

Una raya en el pasillo separa el viejo suelo gris del nuevo suelo amarillo en el colegio Claver de los jesuitas en Raimat (Lleida). Los niños saltan de un lado a otro. “¡Siglo XX!”, gritan cuando pisan el terrazo gris; “¡siglo XXI!”, cuando caen en el lado amarillo. A uno y otro lado de esa raya conviven desde septiembre dos modelos pedagógicos muy distintos. En el lado gris siguen con sus lecciones de toda la vida. En el lado amarillo los niños trabajan por proyectos y en grupos. A un lado hay asignaturas, exámenes y un timbre que marca las horas. Al otro, el trabajo es interdisciplinar, los horarios son flexibles, la evaluación es continua y las ciencias se aprenden haciendo un trabajo sobre reciclaje. Siglo XX, siglo XXI.

Anfiteatro-tobogán en el aula de infantil del colegio Claver. / JAVIER MARTÍN

“El alumno es el centro del nuevo modelo”, explica Minerva Porcel, directora pedagógica del cambio en el Claver, paseando entre las mesas de colores. “Los niños aprenden haciendo, son más autónomos, el trabajo es colaborativo, los profesores hacen preguntas, no dan las respuestas…”.

El Claver es uno de los tres centros concertados (unos 300 euros con comedor) donde los jesuitas de Cataluña están implantando el proyecto Horizonte 2020. De momento, solo en tres cursos: primero de infantil (tres años), quinto de primaria (nueve), y primero de la ESO (12). El plan es que en 2020 funcione en los ocho colegios catalanes de la orden, que suman 13.000 alumnos.

En quinto, la mañana arranca con el “inicio del día”, 15 minutos para plantear los objetivos de la jornada y charlar. Aquí se habla sobre Charlie Hebdo o Siria. Hoy toca la Cuaresma, esto es un colegio religioso y en todas las clases hay una cruz. Pero la evangelización siglo XXI no es catequesis: los niños comparten sus buenos propósitos y los profesores leen unas notas de agradecimiento anónimo (“A Marina, porque me hace caso en el patio cuando me ve sola”). Luego se desean un buen día y cada grupo se pone a lo suyo.

Alumnos de 5º de primaria con uno de sus tutores. / JAVIER MARTÍN

Aunque se hayan visitado antes colegios alternativos, lo llamativo del Claver es que está mutando. Pasillo con pasillo, se puede ver un cole de toda la vida y uno distinto. En el lado gris hay pupitres (el del maestro, al frente), pizarras y puertas con ventanucos que permanecen cerradas. Niños en silencio que miran al frente. Las aulas de los pasillos amarillos, sin embargo, son transparentes, con enormes ventanales y las puertas siempre abiertas. Hay gradas y las mesas tienen ruedas para poder agruparse. Los niños hablan y se mueven con libertad. Bajo enormes lámparas tubulares hay zonas comunes con sofás, pufs, o un jardín vertical que están construyendo ellos mismos. En el aula de los pequeños hay un anfiteatro pistacho que en uno de sus extremos se convierte en tobogán. Visualmente, los jesuitas han hecho con estas aulas lo que Google hizo con sus oficinas.

El proyecto también ha redecorado la cabeza de 261 alumnos y 14 profesores voluntarios, porque, como en Silicon Valley, el gran cambio es la forma de trabajar. “Ahora mola más venir al cole”, sentencian Bernat, Enric y Albert, de 13 años, mientras diseccionan un corazón de vaca. “Los profesores te explican un poco, pero somos nosotros los que tenemos que observar, investigar, ir probando…”, dicen introduciendo distraídamente dedos enguantados por la vena cava.

Es lo que la pedagogía llama “aprendizaje por descubrimiento guiado”. “No es que no haya un control, sino que los niños son menos conscientes de él, y más activos, igual que no es que no haya libros, es que no solo hay libros… El mundo es el aula”, explica Minerva Porcel, que pasó tres semanas en Finlandia estudiando su sistema educativo,considerado uno de los mejores del mundo. “Este proyecto bebe de muchas fuentes”, explica. “De las inteligencias múltiples de Gardnera la educación nórdica”.

Alumnos del colegio Claver, de los jesuitas, durante una clase. / JAVIER MARTÍN

Aunque hay clases específicas —de matemáticas o alemán—, el grueso del día fluye sin una pauta marcada por lecciones y los chavales se organizan a su propio ritmo. El ambiente bulle, sí, pero hay una evidente concentración. Los niños no deambulan, se mueven con  propósito. Se les ve motivados, y a sus profesores también. Nadie parece aburrirse.

“Es más divertido y aprendes igual”, dice María Solá, de 13 años. “A lo mejor no igual de rápido, pero se te queda más”. Los proyectos duran tres semanas y se trabajan en grupos de cuatro o cinco. “Si trabajas individualmente, solo tienes una idea”, explica Sergio Arazo, de 13 años. “En grupo se te ocurren más y puedes elegir la mejor”.

“Antes tenías una asignatura que duraba una hora, y luego otra, pero en los proyectos tocas dos o tres materias a la vez”, dice Sergio. Las civilizaciones antiguas se aprenden haciendo el trabajo Be water, Nefertiti, que también cubre el ciclo del agua de Naturales; el proyecto Raperos y reporteros, cuyo objetivo final es grabar un videoclip de hip hop con denuncia social, explica los recursos retóricos de Lengua, ejercita la traducción de Inglés y ameniza el aprendizaje de Música. El colegio traduce estos contenidos en materias para que los apruebe la Generalitat, que ya ha realizado varias inspecciones este año.

El otro gran cambio es que las dos clases de 30 alumnos se han fundido en una de 60 que cuenta con tres tutores multidisciplinares (científico, lingüista, humanista) que están al mismo tiempo en la misma clase. “Para nosotros el día a día ha cambiado totalmente, antes dabas clase encerrado y ahora nuestro trabajo en equipo es un ejemplo para los niños”, dice Xavier Solé, que pasó un trimestre formándose a tiempo completo para la nueva etapa. “Coger el libro, leerlo y comentarlo, lo puedo hacer ahora y dentro de 20 años… Siempre había intentado probar cosas nuevas, pero no era fácil llevarlas a cabo. Ahora me siento apoyado”. “El trabajo es mucho más creativo”, asiente Magda Ballesta, coordinadora de Infantil. “Sí, implica más esfuerzo. Es más fácil ponerles a rellenar fichas, y a veces lo hacemos, pero como maestra lo que me gusta es crear actividades propias”.

“Hay otros colegios con proyectos innovadores, pero esto son los jesuitas, la significación es distinta”, opina el catedrático de SociologíaMariano Fernández Enguita. “Hace siglos fueron ellos los que implantaron los patrones de lo que ahora consideramos el aula tradicional: no son cualquier cosa”. “Ahí reside precisamente la bomba: una orden religiosa viene a agitar las aguas estancadas del sistema educativo español y a dar sopas con honda a la escuela pública”, escribía el experto en su blog. “La escuela convencional ha de evolucionar, porque está basada en un mundo que ya no existe”, continúa por teléfono. “Ellos se están adaptando”. A Enguita le gustaría ver una evolución parecida en la pública. “Pero hace falta una dirección fuerte para llevarla a cabo, porque no todos los profesores van a estar de acuerdo”, opina.

“Yo, si fuera padre, sacaría a mi hijo”, sentencia Felipe de Vicente, presidente de Asociación Nacional de Catedráticos de Instituto.“Estos inventos buscan que los niños estén entretenidos… Y a la escuela se va a aprender”. “La clase magistral no es mala, yo lo he aprendido todo así y tengo dos oposiciones”, continúa. “A Cervantes hay que explicarlo, y del Teorema de Euclides no se puede hacer un rap”. Llevar estas innovaciones a la educación pública le parece inútil e imposible: “Esto solo se puede hacer con un alumnado de clase media”.

No hay que irse tan lejos para encontrar otras voces críticas. “Habéis venido a ver a los de los coloritos, ¿no?”, preguntan con retintín los chavales de los pasillos grises a los periodistas. “Sus aulas son más chulas, pero yo prefiero el sistema de siempre”, dice uno de ellos. “¿Qué es eso de no hacer exámenes? Seguro que no aprenden nada”. “Están un poco mimados con sus sofás, sus mesas con ruedas… ¡Y se llevan a los mejores profesores!”, exclama otra. “En realidad tienen un poco de envidia porque no les ha tocado este privilegio”, responde Sergio Arazo, que, como sus compañeros del nuevo sistema, no quiere volver ni atado a lo de antes.

Los jesuitas llevan años preparando este cambio. Un proceso en el que han participado profesores, alumnos y familias, que contribuyeron con 56.000 ideas sobre la escuela que querían. “A los profesores no hizo falta convencerles porque ya era un grupo que quería un cambio, que veía alumnos desmotivados, resultados que no mejoraban… Con los padres hizo falta mucha transparencia”, explica la directora. “Al principio no lo entiendes del todo, hay que verlo”, dice Daniel Ponté, padre de una niña de quinto. ¿Trabaja menos su hija por pasarlo mejor? “Ahora tiene menos deberes, pero cuando falta un día, tiene que recuperar un montón”, responde. “Así que en clase deben de trabajar mucho”.

Atardece sobre los viñedos de Raimat que rodean el colegio y toca hacer el “final del día”. Quince minutos de reflexión compartida sobre lo aprendido. Los niños se autoevaluan del 1 al 4. Suena una música tranquila mientras piensan un minuto en silencio y luego abandonan el aula de colores sin necesidad de que suene un timbre.